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La donga de los surma: a dos metros de los orígenes

por tresmilv
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Etiopía es el único país africano que jamás ha sido colonizado. Un país de países, donde el norte no tiene nada que ver con el sur, ni el este con el oeste, donde se hablan más de 80 lenguas y más de 200 dialectos. En Etiopía uno puede vivir las experiencias más intensas y especiales de su vida. Como presenciar una donga.


Por mucho que se lo expliquen, uno no puede imaginar cómo será convivir con una tribu africana, pero no por eso puede dejar de hacerse todo tipo de preguntas mientras baja con el 4×4 hacia el sur de Etiopía, al valle del río Omo. Días después le parece estar viviendo un sueño, o quizá el sueño sea su vida occidental… porque realmente conocer a los hamer, a los dassanech, a los banna, los nyangatom o los karo, es acercarse un poco más a la autenticidad. Y sin duda la tribu surma es la más hostil, inaccesible y llamativa; y también la más fascinante. Quien tenga la suerte de estar en su donga, creerá haber viajado no solo a otro mundo, sino también a otro tiempo.

Un grupo de siete extranjeros pasea por Kibish, uno de los poblados del territorio surma, al suroeste del país y cerca de la frontera con Sudán. El camino hasta aquí ha sido complicado, con los tres 4×4 yendo campo a través, sin carreteras, sin caminos, remolcándose cuando uno de ellos quedaba encallado. Además, sufrieron un intento de asalto, a pesar de la presencia de los militares que los acompañaban, y al llegar se dieron cuenta de que no sólo los ladrones tenían kalashnikov, sino que era un complemento habitual entre la población, como la ropa o los platos que llevaban en las orejas o en las dilataciones labiales. Los surma no son acogedores; te siguen, te tocan, te tiran de la ropa para venderte una pulsera o pedirte que les hagas una foto por cinco birrs. Pero al final te acostumbras a todo, incluso a tener como sombra a un guardián armado que vela por tu seguridad. Y en ese paseo por Kibish los extranjeros juegan con los niños, sonrientes, cuando se fijan en unas banderas de diferentes colores que ondean por todo el pueblo. Preguntan a su guía y este les dice que al día siguiente habrá una donga en un descampado cercano. «¿Y qué es una donga?», preguntan.


Mientras tanto, un grupo de jóvenes surma se congrega a orillas del río Omo. Se bañan desnudos en él para quitarse los miedos, se pintan con pigmentos blancos para parecer más agresivos y, solo algunos, se colocan unas débiles protecciones de tela en cabeza y articulaciones. Acto seguido se dirigen cantando al descampado, vara en mano.


En Etiopía se hablan más de 80 lenguas y más de 200 dialectos

Los visitantes ya han averiguado lo que es una donga: una lucha que se realiza con una vara larga de unos dos metros y con forma fálica en su extremo superior, llamada daguinéo en lengua suri. Se extrae de las ramas del kalochip, un árbol autóctono, y es el signo de identidad de los hombres surma, que pocas veces se separan de ella. En este enfrentamiento los jóvenes más fuertes y valerosos de los distintos poblados se enfrentan de dos en dos a palos, sin tregua, en una especie de torneo donde solo hay un ganador. Este se lleva el reconocimiento para su hombría, los frutos de una cosecha y el privilegio de escoger esposa entre las jóvenes que han presenciado admiradas la contienda. Hasta hace poco en una donga también había disparos al aire pero estos se han prohibido por los estragos de las balas perdidas. Así que, sintiéndose afortunados de coincidir con tal evento, se acercan al llano donde este tendrá lugar. Pero el privilegio tiene un precio, e inmortalizarlo también, así que después de una dura negociación con los líderes anfitriones, solo tres de los turistas se quedan; estarán ellos solos rodeados de cientos de surma en todo su esplendor. Tardarán poco en comprobar que esta será la situación más complicada e intensa en la que han hecho fotos o grabado vídeos.


Los luchadores se preparan para entrar en combate. No es obligatorio, pero si no lo hacen, quedaran señalados como unos cobardes, y su orgullo quedará mortalmente herido. Así que prefieren arriesgar su cuerpo y, de paso, saldar alguna que otra rencilla que tienen pendiente con otros participantes. Mientras tanto, los líderes del poblado organizador negocian con unos pálidos extranjeros que han llegado para documentar la jornada. No piensan estar pendientes de ellos.

Grupos de jóvenes van llegando procedentes de distintas aldeas de la zona, cada uno con su bandera. Es de esperar que sus protecciones no sirvan de mucho cuando el rival les aseste un bastonazo con todas sus fuerzas. La lucha empieza y se desata el caos; parece que es un todos contra todos sin ninguna regla, los espectadores se amontonan en círculo alrededor de los luchadores y, de cuando en cuando, hay estampidas espontáneas al acercarse las varas inesperadamente. Hay olor a sudor, a ventosidades y a sangre. Hay sonidos de gritos, de vítores y latigazos en el aire. Por delante de los ojos y las cámaras de los visitantes pasan cabezas, brazos y penes. Conseguir hacerse un hueco entre la marabunta para grabar o hacer una foto es toda una odisea, incluso llegan a subir a un árbol lleno de pinchos para hacerse con una buena toma, todo es una locura.


Cuando el torneo da alguna tregua, en forma de descanso, el público aprovecha para beber una cerveza hecha con sorgo, el cereal más común en la zona, y eso hace que la excitación general aumente. Algunos se acercan a los extranjeros para saciar su curiosidad. Como Arbula, que se siente un alma afín y de hecho va vestido a la manera occidental –todo lo occidental que se puede ser en Kibish–.

–Hola, ¿cómo estáis? Bienvenidos – los otros le dirigen una sonrisa agradecida

Arbula quiere que sepan que ha estado en su país, concretamente en Sevilla, ya que participó en un programa de televisión donde familias españolas convivían con tribus de diferentes procedencias. Un circo, en realidad, pero él lo disfrutó. Les cuenta que le encantaba ir a la playa para ver a las mujeres blancas semidesnudas, y que se hizo del Betis. A él ya no le toca luchar, pero es protagonista de su propia historia.


Esta lucha ancestral, llamada donga, supone un rito de iniciación para los jóvenes surma, y una experiencia única para los visitantes

Al cabo de unos minutos, todo vuelve a empezar. Cuando algún luchador gana un asalto –si su contrincante se rinde o si está demasiado herido como para continuar–, sus compañeros de equipo lo alzan a hombros, cantando y danzando en su honor. Todavía no se sabe quién será el ganador, quizás la fiesta tenga que continuar al día siguiente. Pero eso no es lo más importante para los extranjeros. No saben ni cuánto tiempo han estado en la donga, solo saben que esta palabra los ha llevado a vivir una de las experiencias más alucinantes de su vida. Una palabra que recordarán siempre y que les ha acercado un poco más a los orígenes del ser humano… a sus orígenes.

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