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Hablar sin hablar: viaje diferente a Nepal

por tresmilv
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Per la Cristina

i tot el que m’ha ensenyat

En abril del 2015, Nepal sufrió un fuerte terremoto y sus consecuentes réplicas que pusieron en alarma a gran parte del mundo occidental. El país recibió ayuda desde muchos puntos del globo, pero no fue suficiente.

Veinticinco años antes, una catalana viajaba a Nepal por primera vez, con su pareja, para hacer parte del trekking al Campo Base del Everest. El impacto del país fue tal que jamás pudo olvidar la experiencia.

En diciembre de 2015, esa misma mujer, esta vez con su hija, llegaban a Katmandú como viajeras… Pero ante todo, como voluntarias de una pequeña ONG: Namlo Europa. Su destino era la escuena de Kamdhenu, en Denungh, un valle envuelto en bruma al sur de Nepal. Una pequeña aldea a la que raramente llegaban personas occidentales y que estaba a más de cinco horas de viaje en un bus, que no siempre salía a diario, desde Pokhara.

Iban con las ideas claras. Su función en la escuela era la de mostrar otras formas de enseñanza. Tened en cuenta que la máxima en la educación pública nepalí sigue siendo el clásico “repeat, repeat, repeat”. Llevaron material didáctico y sobre todo multidisciplinar que pudiese utilizarse en ámbitos y edades diversas como: peluches con formas de alimentos y colores intensos o material para manualidades. Pero sabían que lo más importante era dar ideas de cómo aprovechar los pocos recursos de los que la escuela disponía, usando métodos diferentes, modernos y más pedagógicos.

Para el director de la escuela y sus profesores, en cambio, su principal interés era conseguir dinero para la nueva aula de informática y el aprendizaje de la lengua internacional, el inglés. Para los habitantes de aquella aldea, la tecnología y la lengua inglesa eran las puertas para acceder al resto del mundo. Dominar internet y hablar inglés era, sobre todo, un futuro para sus hijos que, sonrientes y vestidos de azul (uniforme nepalí), recorrían cada día, durante más de dos horas, el camino para llegar a la escuela.

La informática y el inglés,

las puertas del futuro .

Todos los habitantes formaban una pequeña comunidad que se concentraba en la escuela y su director. Él quería que todos los niños y niñas estudiasen, así que hacía lo imposible para que nadie faltase: cambiar horarios, hacer préstamos… Incluso ofrecer su casa como residencia para los voluntarios, nepalís y extranjeros, y para algunos profesores que llegaban desde la otra punta del país.

En Denungh no hablan nepalí. Tampoco es seguro que hablen un dialecto. Puede ser que hablen una mezcla entre alguna clase de nepalí e hindi. Y obviamente el inglés lo chapurrean solo unos pocos. Por tanto, lo que una aprende en un lugar así es a hablar sin hablar.

Cuando hablamos sin

hablar para entendernos .

Dal bhat, plato típico nepalí.

Diez días fueron suficientes para que Cristina se aprendiese las rutinas de los padres del director, una pareja entrañable que se levantaba cada día a las cinco de la mañana para ordeñar a la búfala, golpear el cereal y elegir una a una las lentejas del dal bhat que comerían para el segundo desayuno. También estaba con ellos cuando preparaban la cena. Mientras la mujer nepalí preparaba el fuego, el hombre le explicaba a Cristina la historia de su familia, como había sido miembro del ejército nepalí y cómo había elegido regredar a casa, pese a haber tenido la oportunidad de no hacerlo.

Ni él ni su mujer hablaban inglés. Cristina tampoco.

Diez días fueron suficientes para que Cristina se enamorase de la clase de parvulario, donde estaban los más pequeños, y aprendiese canciones en un idioma que aún no tiene claro cuál es. Les explicó que las aulas tenían que ser espacios creativos que podían decorarse con los trabajos del alumnado, que debían ser lugares apetecibles que llamasen la atención de los niños y no sólo paredes blancas y pupitres rotos.

Las profesoras de parvulario no hablaban inglés. Cristina tampoco.

La clase de parvularios: atractiva, creativa y didáctica.

Diez días fueron suficientes para que Lara, la hija de Cristina, entendiese que no hablar la misma lengua no es un muro para no entenderse. Su madre se lo había demostrado. Y es que mientras ella se quedaba con los profesores de inglés en las clases de los mayores intentado explicar de dónde venía o qué era el mar, Cristina fue descubriendo todo el resto con la ayuda de las manos, las ganas y la buena voluntad.

Entenderse sin palabras es una magia que todos tenemos pero que vamos olvidando. Podría ser al revés, ¿no? Podríamos olvidar el inglés o las lenguas internacionales y utilizar esa magia… Entonces seguro que hablar sin hablar nos reportaría grandes historias. Seguro que incluso acabaríamos chapurreando más lenguas de las que imaginamos.

Cristina en el rato de descanso en la escuela Kamdhenu.

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