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Mitología catalana (II): mirando hacia el este y la costa

por tresmilv
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¿Sabías que un pino puede convertirse en un bastón para un gigante?, ¿o que una mancha en una piedra puede ser la huella de una bruja? Quizás te interese saber que en el Delta del Ebro se abrió una vez una grieta al infierno. Hay un millón de historias sobre los seres que habitan en el este y la costa de Cataluña. Hemos escogido cinco para contar.


El este y la costa, una zona de Cataluña que, como los Pirineos y el norte, alberga misterios capaces de despertar nuestro lado más mágico o siniestro. A algunos de estos seres quisiéramos encontrarlos, a otros quizás no tanto… Pero al ser humano le gusta el riesgo, le atrae el temor, le fascina lo desconocido. Viajemos, pues, a esos lugares alternativos. Y dejemos que Guilleuma, Nicolau, Fort Farell, Simanya y los Marfantos nos acompañen en este camino.

La Bruixa Guilleuma y el castillo de Montsoriu

Todo castillo tiene sus leyendas, y el de Montsoriu, situado en el parque natural del Montseny, no iba a ser menos. Considerado una de las grandes fortalezas del Mediterráneo en la Edad Media, alberga personajes e historias variopintas: románticas, de moros y cristianos, de riquezas ocultas, de ruidos misteriosos que se escuchan por la noche… y la más conocida, la de la bruixa Guilleuma. Esta bruja había vivido en el castillo condenada por sus pecados, y cada noche salía con su corte de sirvientas, todas ellas vestidas de blanco. Vagaban por las proximidades de Montsoriu, gritando de manera terrorífica, causando tormentas, arruinando cosechas y sembrando el mal agüero. Los habitantes del lugar acudieron al señor rector de Breda, que las roció con agua bendita y provocó su estampida. Algunas de las sirvientas fueron a parar al pico de Morou y otras, junto a la bruixa Guilleuma, al fondo del Gorg Negre –pozo negro– de Gualba, donde todavía hacen de las suyas. De hecho, dicen que en una roca cercana aún se puede ver la huella que dejó la bruja cuando saltó… quien recorra el Montseny y la busque quizás encuentre también a su propietaria.

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El castillo de Montsoriu. Imagen de JosepBC, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

El Gegant del Pi

Si bajamos por el este y la costa desde Montsoriu, llegamos a Caldes de Montbui, donde cuenta la leyenda que nació un niño muy muy grande al que llamaban Fort Farell –el chico fuerte de Can Farell, la masia familiar–. Era tan enorme que para andar necesitaba apoyarse en un bastón hecho con un pino, de ahí que lo apodaran el Gegant del Pi –el gigante del pino–. A medida que crecía, se iba haciendo famoso por sus proezas y, cuando se enteró de que los sarracenos habían conquistado Barcelona, allí se dirigió con su bastón para enfrentarse a otro gigante, que engrosaba las filas enemigas. Al llegar a la muralla, el guardia no le dejaba pasar y, furioso, lanzó su bastón por encima de la misma y pidió enfrentarse al Gegant de la Ciutat –el gigante de la ciudad–, al que acabó derrotando. Esta lucha es contada por una muy conocida canción popular catalana, y recreada cada 23 de marzo en la fiesta mayor del barrio del Pi de Barcelona. También se dice que el árbol que se encuentra en la plaza del Pi de la Ciudad Condal, frente a la iglesia del mismo nombre, es en realidad el bastón que que Fort Farell lanzó por encima de la muralla cuando se enfrentó a los sarracenos.

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Caldes de Montbui, lugar de nacimiento del Gegant del Pi. Imagen de 1997, CC BY-SA 3.0, via Wikimedia Commons

Simanya

Este ser terrorífico vive en el macizo de Sant Llorenç de l’Obac. Su segunda cima, de poco más de mil metros de altitud, es el Montcau, nombre compuesto por las palabras mont –monte– y cau –madriguera–. Con este apelativo no es de extrañar que sea el lugar escogido por Simanya para apilar los huesos de los bebés bautizados de los que se alimenta. Lo hace concretamente en la cueva que lleva su mismo nombre, que proviene de la locución latina sima magna –cueva grande–. Nadie sabe qué aspecto tiene Simanya, pero las historias dicen que es una bestia sanguinaria, siempre ávida de humanos tiernos a los que llevarse a las profundidades de su caverna.

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La cueva donde Simanya esconde los huesos de bebés bautizados. Imagen de AlbaCiC, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

Peix Nicolau

Siguiendo hacia el sur por el litoral, llegamos al Baix Penedés y nos encontramos con uno de los seres mitológicos que viven en el mar, ese que baña las costas catalanas. Se trata del Peix Nicolau –el Pez Nicolás–, la versión masculina de una sirena, mitad hombre mitad pez. Su historia es la de un niño que nació en un pueblo marinero de esa comarca y que se pasaba el día en la playa, contemplando el agua y las olas, recogiendo conchas y yendo a recibir a las barcas cuando llegaban de faenar. Cuanto más crecía, menos se separaba del mar, nadando durante horas, ya hiciera sol o tormenta. Su madre, harta de tener que ir siempre a buscarlo para que cumpliera con sus obligaciones, le dijo un día: “si t’has de passar la vida a l’aigua, tant se val que et tornis peix!” –“si te tienes que pasar la vida en el agua, tanto da que te conviertas en un pez”­–. Y, en el acto, las palabras de su madre se hicieron realidad. El pequeño Nicolau se convirtió en pez de cintura para abajo y, tras intentar vivir en el pueblo con mucha incomodidad, decidió finalmente pasar su vida en el agua, recorriendo todos los mares del mundo. Muchos pescadores lo han avistado con temor, porque al parecer el Peix Nicolau puede provocar mala mar y mala pesca. Y si te observa con sus ojos rojos, tu cabello se volverá blanco.

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El Peix Nicolau se pasaba la vida cerca del mar, en el Baix Penedés. Imagen de Calafellvalo, via Flickr

Los Marfantos

Y llegamos a las ciénagas del Delta del Ebro, el hábitat de los Marfantos o Marfantes, almas contaminadas, espíritus de ultratumba que acechan a los humanos en las noches sin luna. Marfanta tiene actualmente dos connotaciones; significa “mujer de mala vida” o “persona que se disfraza con una sábana y sale en la oscuridad para dar miedo”. Es esta segunda definición la que se puede relacionar con la mitología. Cuenta la leyenda que, en tiempos remotos, entre los bancales del delta, se escondían unas galeras donde se destinaba a los prisioneros más terribles y despreciables, criminales capaces de los actos más depravados. Trabajaban constantemente, abrasados por el sol y torturados por los mosquitos, las sanguijuelas y la malaria. Una noche, tras la puesta de sol, Saturno y Venus aparecieron y conjuraron toda la energía negativa que acumulaba el entorno, haciendo que se abriera una grieta hacia el infierno. Los espíritus malignos de los prisioneros se liberaron del cuerpo mortal y, algunos, se escabulleron entre las lagunas. Desde entonces, cuando la luna nos priva de su luz, los Marfantos, esas criaturas permanentemente afligidas, deambulan por los lodazales helando la sangre de quien se los encuentra y buscando apropiarse de cualquier aliento vital.

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En las ciénagas del Delta del Ebro se abrió una brecha al infierno. Imagen de Mikipons, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

Recorriendo el este y la costa catalana se puede disfrutar de hermosos paisajes, escalar montañas, bañarse en aguas cristalinas, deleitarse con maravillosas puestas de sol, observar una fauna diversa. Pero también, si uno busca con suficiente interés, encontrará brujas y gigantes, espectros y seres marinos. Una puerta a otro mundo.

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