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Una historia de Navidad

por tresmilv
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Era la primera vez que pasaba las fiesta fuera de casa, aunque eso era algo que no me había parado a pensar cuando el 12 de noviembre, con una maleta de 35 kg en cada mano, me monté en un avión rumbo a Bristol. Inglaterra no era un sueño, ni mucho menos era el lugar donde quería pasar los próximos años de mi vida. Mis deseos pisaban suelos transoceánicos. Fue la imposición del inglés en el mercado laboral mundial la que me hizo llegar a Reino Unido. Desenvolverme en el idioma y volver. Había mucho que hacer en España todavía, y eso de estar lejos de la familia y de mis amigas debía de tener fecha de caducidad. Volé con un calendario cerrado: el verano en casa . Las navidades ya eran otra cosa: comidas, regalos, luces, Papá Noel, Coca-Cola y desperdicio. Demasiado consumismo y desigualdad para una mujer que presumía de celebrar siempre el solsticio de invierno durante esos días. Esta no era mi fiesta.

O eso creía.

Puente colgante de Clifton, UK

Las navidades habían empezado el 1 de diciembre, al menos para mí, que trabajaba de camarera en un restaurante cool que se especializaba en esas fechas en cenas de empresa: el jueves Lloyds Bank, el viernes Amazon y el sábado Vodafone. La ropa impecable, los platos perfectamente emplatados, el maquillaje discreto pero presente, el pelo recogido pero elegante, la sonrisa dispuesta, y la espalda recta cuando ofreces, estirando el brazo que sostiene tu bandeja, un “Peach and Sparkling wine”. Horas eran muchas, pero se pasaban volando. El equipo era increíble. El restaurante era un bullicio de pluralidad cultural y lingüística: polacos, españoles, italianos o pakistaníes. Todos íbamos allí a buscar una oportunidad para nuestro futuro. Cosas de las crisis y de los imperialismos.

El ambiente se había relajado desde el día 25. Las cenas bajaron su ritmo, pero había que dejar todo preparado para el día 31. Las piernas ya pesaban, las ojeras se hacían visibles por los turnos de diez horas y porque, como no podía ser de otra manera en un círculo de jóvenes en el “exilio”, nuestras noches de borrachera también las cumplimos. Nada que una muchacha de 22 años no pudiera soportar. Pero la juventud también desata en rebeldía, y los jefes altivos nunca fueron mi fuerte. Ella era inglesa de ascendencia holandesa. Él, búlgaro hasta los quince años, pero ahora solo hablaba el inglés, algo demasiado habitual entre los inmigrantes con complejos que ya llevaban un tiempo en el país, generaban un autodesprecio hacia sus lenguas de origen por la única razón de buscar la aceptación de un puñado de racistas ingleses que fabulan con la supremacía histórica. Y eso le ocurría al jefe, hablar en búlgaro le convertía en búlgaro, y en su mundo, ser búlgaro no era lo mismo que ser inglés. Los dos compartían una tez blanca y unas mejillas coloradas. Ella vestía con medias de cristal que anunciaban un estallido ante la presión de unos tobillos hinchados por el sobrepeso y los tacones de aguja. Él, con residuos de gomina seca en el pelo, era una bomba de relojería ambulante que paseaba camisas de firma en las que los botones parecían estar pidiendo auxilio. Su sonrisa parecía dibujada a rotulador con el fin de ocultar un rostro pesimista. El famoso “double face” se reflejaba continuamente en su cara. Solían adoptar una figura de condescendencia continua con los empleados; pobrecitas y pobrecitos, migrantes de países pobres, que tocan a nuestras puertas desesperados e hipnotizados por nuestra riqueza. A mí ya me habían dicho un par de veces que era muy “española”, justo en esos momentos en los que me quejaba de su mala gestión, para reprocharme con su falsa sonrisa que tenía mucho carácter. No veía la razón por la que aguantar, por suerte a mí no me estaban quitando el hambre, y con mis 22 años los principios aún me hacían de alimento.

A los jefes les entraba lo que yo llamaba “la fiebre xenófoba” cada vez que nos escuchaban hablar en nuestros idiomas.

Era el día 31 cuando nos reunieron a toda la plantilla. La atención tenía que ser de diez, pero nosotras estábamos a lo nuestro: mensajes de familia, las redes sociales llenas de  felicitaciones, recuerdos, llamadas, y esos momentos de compartir aquellos detalles culturales que nos diferenciaban. Yo no paraba de hablar de la cocina de mi madre. De las canciones que mi abuela cantaba en la lengua originaria de su pueblo, de lo mucho que me enriquecía ese legado cultural, mi mejor herencia, y cómo llegaba a trasladarme hasta esos años que yo nunca viví, pero que tanto me condicionaron.  Les hablé del cordero y de la sopa de pescado, esa que cada vez que la servimos siempre acompañamos con un “sopa de Paz”, que así se llama mi abuela, con el mismo tono que acompaña a la letra de la canción “Noche de Paz”. La cocina del restaurante y los vestuarios eran un alboroto de risas, abrazos y videollamadas a escondidas:  Szczsliwego Nowego Roku!, Happy New Year!, Felice Anno Nouvo!,  Stastny nový rok!, ¡Feliz año nuevo!

A los jefes les entraba lo que yo llamaba “la fiebre xenófoba” cada vez que nos escuchaban hablar en nuestros idiomas. Su inseguridad les hacía pensar que utilizábamos nuestras lenguas para hablar de ellos a escondidas, algo que compartían con cualquier dictador fascista. Donde nosotras veíamos una diversidad rica, sana y una oportunidad con la que aprender, allí dónde surgía un inevitable y positivo calor colectivo entre aquellos que compartíamos las mismas costumbres y la misma lengua, ellos veían un grupo de personas difíciles de dominar, que poseían algo que se salía de su control. El restaurante era un reflejo fiel de la historia de los imperialismos lingüísticos del mundo. Las lenguas eran en ese momento el poder del pueblo, nuestra forma de volver a casa. Si no dominan lo que decimos, no dominan lo que pensamos. Después de varias llamadas sutiles de atención, el patrón se plantó con aires de dignidad frustrada frente a nosotras con un “only in english, please. Respect me”, para añadir en un tono bajo pero con mucha intención: “fuck spanish”.  ¿Respect me? ¿Debía sentirme culpable por dirigirme a una amiga en la lengua que compartimos? ¿Desde cuándo una lengua podía ser ofensiva? Sentí un ataque a mi identidad. Me mordí el labio y di tres pasos dispuesta a despedirme del trabajo tras darle un merecido discurso a mi jefe en mi limitado inglés, pero mi compañera Francesca, auténtica toscana, me agarró del brazo y con un gesto muy internacional me pidió que pasara del jefe. Entre nosotras no hablábamos en inglés, sobrevivíamos como los lobos de mar cuando intercambiaban mercancía en los puertos: ella me hablaba en italiano y yo le hablaba en español, así aprendíamos idiomas gracias a nuestra capacidad innata del sesquilingüismo, un recurso que se abandonó con esto de tener el inglés como lengua internacional, y con esa insistencia antinatural de querer conocer los idiomas adquiridos en la edad adulta con un nivel casi perfecto, algo absurdo a mi entender, porque el sesquilingüismo nos da la oportunidad de entender muchos idiomas sin tener que dejarnos la vida y el sueldo. Yo mantenía esta forma tradicional de aprender, Francesca también, y eso me hizo volver a casa con un maletín lleno de palabras nuevas que llenaron mi mundo.

Nos llamaron a la reunión. Pretendía hacer que nos sintiéramos en casa por unos momentos. Lo intentaron con esa forma falsa que les caracterizaba. La jefa nos pidió a Francesca, a Dorota, a Aneska y a mí que moviéramos una mesa hasta el centro del salón central. La mesa pesaba una tonelada. A la de tres: one, two ,three. Levantamos la mesa como pudimos. Nuestras caras reflejaban sufrimiento, algo que duró a penas diez segundos, pues un ataque de risa incontrolable se apoderó de nosotras, claro ejemplo de que la comunicación no verbal es la más internacional de las comunicaciones. La fuerza se nos fue entre carcajadas, y cuando nos dimos cuenta, allí estábamos, cuatro camareras y una mesa, patas arriba en el suelo:

–Vaffanculo!

–Kurwa mac!

–Mi a fasz!

–¡Joder!

Cuando recuperé el aliento solo podía pensar en lo que acababa de ocurrir.  Llevábamos un buen rato hablando en inglés decidiendo cómo llevaríamos la mesa, pero en cuanto algo fue improvisado, cuando la mesa nos cogió por sorpresa y nos tiró al suelo, todas nos lamentamos en nuestra lengua materna de una forma espontánea. Para amar e insultar, nada como el idioma de uno.

Para amar e insultar, nada como el idioma de uno

Otros compañeros fueron al almacén a por unas bolsas verdes con un lazo rojo y una bola brillante de color plata. Era un regalo para cada uno de nosotros. Ninguno los abrió hasta que nos dieron la señal: “come on! It’s for you!” –con esa risa inquietante, casi tétrica–. Los abrimos sin esperar nada. Dentro había un par de chocolatinas de Cadbury y un espejo que al mismo tiempo era un minipeine. Esto para nosotras, para ellos una mini botella de whisky escocés. Sexista y por compromiso. Mi cara, un poema. La jefa empezó a mirarnos con paternalismo y comenzó a darnos un discurso navideño que nadie quería escuchar. Después de cinco minutos en los que su inglés cerrado me hizo perder el hilo más de lo que deseaba, me buscó a mi entre todos mis compañeros y, de nuevo con un inglés pronunciado a una velocidad que de ningún modo ayudaba al entendimiento, me soltó:

–Bien, Celia, tú vas a ser la primera. ¿Por qué no nos cuentas un poco cómo te sientes hoy y qué harías ahora si estuvieras en tu país?

La miré con la cara que solía ponerle siempre. Me pasaba a menudo que, cuando hablaba con ella, me daba por pensar que si esa mujer y ese hombre supieran quién soy yo cuando hablo en español, cómo les podría contestar todas esas veces que la falta de vocabulario me enmudeció, cómo les explicaría, si pudiera, con mi habitual elocuencia, que no les debemos nada, aún me tendrían mucho más respeto. Me quedé pensando en cuánto le diría, pero mi cabeza no paraba de llenarse de imágenes que respondían a todo lo que me había preguntado. Y arranqué a hablar:

–Son las siete, allí ahora son las ocho. Estaría llegando a un bar, donde me esperarían mis padres y mis tías, después de tomarme varios vinos con mis mejores amigas y de compartir con ellas todos los propósitos del año que viene. Yo seguramente les estaría diciendo que ese iba a ser mi año para conocer Sudáfrica. Varias me dirían que a ver cómo estamos de dinero, otras que prefieren ir a Bali. Mi abuela me miraría de arriba abajo y me diría que tenía que haber sido modelo, y que si venía de cortejar con alguien. Llegaríamos a casa, donde la mesa estaría puesta y adornada por mi tía con total delicadeza. El olor a sopa de marisco y el calor de los fogones. Comeríamos por hambre al principio y por gula al final, y yo sería quien más postres probase. Yo no empezaría a cantar, pero sí a dar las palmas para animar a mi abuela. La versión republicana de Los Campanilleros, un clásico navideño para mí. Las primeras retiradas al sofá. Las uvas. Yo siempre las como todas y enteras, pero nunca decido el canal donde ver las campanadas. Los cuartos, el último movimiento de la aguja, gritar «¡feliz año nuevo!» y abrazar al que tenga más cerca. Después al resto. Yo no pienso en quién falta ese día, porque a mí quien falta me duele todos los días.  Ahora me acuerdo de mi abuela, lo mayor que es, y la de fines de años que espero que le queden por vivir. Pero tengo que estar aquí, con regalos por compasión y deseando acabar el turno para brindar con un puñado de melancólicos como yo, que hoy no abrazan a sus hermanos, no comen su tradición, y que cantan en otra lengua.

Ningún jefe me interrumpió, y todos sabían que había escuchado e ignorado las advertencias de mis compañeros mientras hablaba.

Wonderful, Celia! Are you tired or crazy!? Have you listened to your partners? You are speaking in Spanish all the time, so, can you repeat it in english? –me recriminó la jefa.

–No –le dije mientras la miraba con tranquilidad y desprecio– me dijiste que hablara desde mis sentimientos, y esta es la única lengua en la que son capaces de hablar.

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