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Vivir en la carretera

por tresmilv
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Vivir en la carretera

Miro por la ventana del coche y no veo. No veo los campos amarillos de trigo ya cortado ni los ventiladores gigantes que transforman el viento en energía. No veo los otros coches pasar conducidos por historias. No veo los camiones de matrículas ilegibles que agradecen y saludan con su idioma propio de intermitentes ni veo la gente que pasea tranquila por las aceras de los pueblos que cruzamos.

Miro y no veo, sólo recuerdo.

Recuerdo mirar el mapa y leer en voz alta las descripciones de los campings cercanos a la zona de destino que venían en la guía. Recuerdo bajar las ventanillas y despojar mis pies de cualquier sandalia. Recuerdo el calor. Recuerdo el trapo descolorido que mi madre se ponía por el brazo para no achicharrarse y el espacio usado al milímetro entre los asientos y la cama donde teníamos lo imprescindible: agua, algo para picar y mi walkman. Recuerdo las bandas sonoras y cantar a grito pelado Serrat, Lola Flores, Lluis Llach, La Trinca, El gusto es Nuestro, Sopa de Cabra o Les Tres Bessones.

Pero sobre todo recuerdo la sensación. La sensación de volver a la carretera con la casa a cuestas. Hacer camino sobre ruedas y cambiar de sitio día tras día. Montar y desmontar la parada mañana y noche como si la parcela elegida fuese a ser nuestra residencia vacacional: la mesa, el toldo, la cama, las cortinas, el cubo para los platos…

Ahora miro por la ventana y mientras recuerdo cómo empezó todo, conduzco yo, con mi perra asomándose desde el maletero y el gps silenciado. Escucho Judit Nedderman, Txarango o Sting y activo el aire acondicionado con las ventanas cerradas. No corro, no tengo prisa. Y vuelve esa sensación. La sensación de vivir en la carretera.

Hace unos años leí “Diario de invierno” de Paul Auster. En él, Auter explica su vida a través de las casas y los pisos en los que ha vivido. Se había trasladado numerosas veces y había vivido en distintas partes del globo, así que los viajes entre hogar y hogar y los espacios en los que se instalaba se convirtieron en el día a día de su vida.

Yo no tengo casa ni piso, ni los espacios en los que me he instalado me han definido a mí o a las etapas de mi vida como a Auster. Pero… La vida en la carretera y los coches en los que he dormido y vivido sí han participado en convertirme en quién soy hoy.

Y todo empezó con una Renault Express blanca y la tozudez de mi madre por transformarla en un espacio habitable. Con algo de ayuda carpintera lo consiguió. Sacando los asientos traseros, montaba una plataforma que se apoyaba en unas repisas laterales y en una madera central (como la forma de una “T” pero bajita y ancha). Encima de la plataforma iba la cama que consistía en un viejo colchón doblado. La parte de abajo servía de almacén: ropa, comida, cachivaches de cocina varios, mesas y sillas, toldo, kit de secado para la ropa, deberes de verano… Todo lo prescindible e imprescindible para viajar y vivir en coche.

Ese invento y ese coche duraron varios veranos en los que cruzamos Catalunya de norte a sur y de este a oeste. Incluso llegamos a cruzar las fronteras entre comunidades autónomas.

Esta época me pilló de mis ocho y a mis diez años, cuando llevaba el pelo liso con mechas naranjas y una camiseta grande que me iba de vestido con la que imitaba los bailes de «Dirty Dancing». Me gustaba ir a las piscinas de los campings sola para sentirme mayor pero no quería hacer encargos para mi madre porqué me daba vergüenza. Y es que estaba en esa época en la que sientes que todos los ojos del mundo te miran solo a ti.

Viviendo en «la Renol» (sí, en femenino) empecé a madurar con algunas responsabilidades básicas como el clásico «- jo cuino -mi madre- i tu rentes els plats -» o el «- quan et dutxis aprofita i renta les calcetes -braguitas que luego tendíamos encima de los setos que limitaban nuestra parcela-”. Viajando con el pequeño espacio de «la Renol» aprendí la idea del «cargar con lo básico» y a necesitar lo justo, a disfrutar de las pequeñas cosas y a aprovechar el momento. Un plato de sopa caliente con queso bajo el toldo un día de lluvia o acomodarse en el viejo colchón mientras apartaba las cortinas y me asomaba por la ventana para refrescarme eran actividades convertidas en rutinas temporales.

Y es que «la Renol» me descubrió un mundo de posibilidades. Moverse libre e independiente. Vivir, en definitiva, en la carretera.

La querida Renault Express nos dejó después de un resbalón bajo la lluvia por culpa de un jabalí. Fue una triste y algo trágica despedida que llevó a mi madre a cumplir un sueño: comprar «la Furgo» (sí, en femenino también).

Ella, una Volkswagen Joker de color granate venida directamente de Alemania, llegó a mi familia montando algo de revuelo. Pero ser la versión real de un sueño hace que ocupes un lugar preferente sí o sí.

Durmiendo en un camping de Ripoll, Pirineo Catalán.

Y eso es lo que ocurrió. Era el único auto que dormía bajo techo, el único que pasaba cuidadosamente por el lava coches después de cada aventura y el único que fue propiedad absoluta de mi madre, nada de furgo familiar.

Con el tiempo, a la «Furgo» le crecieron flores al estilo de las furgos hippies de los años sesenta y su interior se fue convirtiendo en una pequeña y acogedora casa sobre ruedas. Pegatinas de los campings y de los lugares por los que pasábamos, objetos sentimentales variopintos en tipología y tamaño, trapos de colores como cortinas y fundas, fotografías de la familia sujetadas con imanes, diarios de ruta… Todo lo que hacía (y aún hace) de la “Furgo”, una extensión de la persona que es mi madre y de su sueño de infancia.

Si con la «Renol» habíamos hecho kilómetros de carreteras, con la «Furgo» nuestros viajes adquirieron otro nivel. Con ella el espacio de vida se amplificó: fuimos capaces de dormir cuatro personas, un perro y varias maletas. Con la «Furgo» llegamos hasta los Países Bajos pasando por Bélgica y Luxemburgo y recorrimos toda la costa de la Bretaña Francesa. Ella fue nuestra casa durante veranos de euskera y cursos de surf frente a Mundaka o durante frías Semanas Santas de clases paleontológicas por Teruel.

La «Furgo» llegó en un momento de transición en nuestra (mí) vida. Dejé las personas y los paisajes que me habían visto crecer (Val d’Aran) y me mudé junto a mi madre, la «Furgo» y muchos trastos, a la periferia de la gran ciudad (Barcelona). Era adolescente pero para mí la adolescencia no llegó hasta años después.

Fue un tiempo de crecer rápido y tomar decisiones sin pensar, de no entender pero seguir, de afrontar situaciones y encontrar soluciones. De cambiar, cambiar y volver a cambiar.

En esa época mi melena recuperó definitivamente su rizo original y mis vicios eran Harry Potter, Memorias de Idhún y Crepúsculo. Mi estilo hippie estaba “on fire” y me encantaba ir por el mundo con una zapatilla de cada color y marca en mis pies. Cogí los primeros aviones sola (es decir, sin familia) y me descubrí como “chica” (y ya no “niña”) durante un verano en Reino Unido. Probé el alcohol, empecé a trabajar y a tener responsabilidades laborables, y decidí sobre mi futuro… Varias veces. Aquello de “cambiar de opinión es de sabios” se convirtió en un lema personal.

Como viajando con la “Furgo”, elegir el camino no era fácil. Los desvíos, las posibilidades, las dudas, los errores, los miedos. Con 15 o 17 años parece que con cada movimiento te va la vida y que con cada error pierdes millones de oportunidades y tiempo imprescindible. Pero aprendí que, con cada cambio y cada elección, que con cada error, mi camino seguía adelante, y esa era la cuestión: seguir adelante.

La «Furgo» sigue vivita y coleando, con más flores y más objetos variopintos, más fotos y más destinos, con más km… Pero ya no siempre viajo con ella. Junto a mi madre ya han empezado su época de emancipación recorriendo su propio camino.

Cierto es que, en ocasiones, aún nos encontramos las tres para hacer alguna escapada nostálgica, un viaje breve para recordar. Recordar como éramos cuando ella era joven y yo pequeña, recordar lugares que descubrimos y que de tanto volver a ellos se convirtieron en casa, recordar las rutinas que teníamos y las pequeñas cosas que compartíamos… Viajar las tres ahora es una bonita forma de ver cómo ha cambiado todo y, a su vez, ver como todo sigue igual: mi madre, la furgo y yo.

Sintiendo que el mundo era mío desde las alturas de la «Furgo».

Mientras la “Furgo” y mi madre siguen surcando carreteras, yo he empezado mi propia historia. Bueno, la empecé.

Primero fue con el Citroën ZX. Un coche que “si lo cuidas, te durará eternamente porqué es como una roca, por eso lo usaba la Guardia Civil”, afirmaban mis amigos. Fue el coche de mis abuelos durante años y, al morir mi abuelo, lo heredé yo. Aún le recuerdo, a él, conduciendo pisando la línea lateral de la carretera durante los calurosos días de verano que pasábamos juntos. Decía que lo hacía “por si acaso”. Mientras, miraba de reojo a mi abuela dormida en el asiento del copiloto y me decía “-mira, la iaia ja va fent el “si”-”, que era como llamaba mi abuelo al hecho que la cabeza de mi abuela cayera repetidamente como diciendo “si” porque al dormirse dejaba de sostenerse.

De hecho, sentí y olí la colonia de mi abuelo dentro de ese coche durante años y sigo llevando el llavero que heredé: una medallita de plata de la Virgen de Montserrat.

Mi querido señor “Zetaequis” fue mi primer coche. Blanco y de líneas cuadradas y anticuadas, era de tamaño aceptable y práctico, como un señor mayor bien conservado. Cabíamos lo imprescindible: amigos, el material de escalada o las mochilas de viaje y yo. Precozmente le crecieron, siguiendo el ejemplo de la “Furgo”, algunas florecillas aquí y allá, y enseguida mostró señales identitarias como la cruz occitana del Val d’Aran o el dios hindú Ganesh de Nepal.

Sabiendo de donde venía yo, era obvio que iba a encontrar la forma de dormir dentro de mi “Zetaequis”. Y claro, la encontré. Tumbando los asientos de atrás conseguía meter, en diagonal, una colchoneta de tumbona de piscina: la cabeza en una esquina del maletero y los pies empotrados entre los asientos y una de las puertas. Con eso y un saco, cree un nidito acogedor de base desigual que mi cuerpo aprendió a tolerar.

Suite del «Zetaequis» en Galicia con Kali asomando desde los asientos delanteros.

Así que allí estaba al fin, viviendo en la carretera con mi propio coche. La gente alucinaba con como convertía aquel espacio en una minúscula suite donde todo tenía su lugar, como las piezas de un puzle que solo encajan en la posición correcta. Era un bolso de Mary Poppins convertido en coche.

Pocos años después, cuando la relación entre “Zetaequis” y yo ya estaba bien consolidada, añadimos a la familia a mi perra Kali, una Border Collie de sangre vasca y pirenaica con un característico pelaje ñiñg-ñañg. Y sorprendemente nos adaptamos: Kali a los espacios pequeños, “Zetaequis” a la compañía y yo a la responsabilidad.

Kali en su primer viaje con la «Furgo».

Viajes de escalada a Margalef, Vilanova de Meià o Chulilla y viajes para visitar a amigos a Galicia o a Euskadi. Viajes de ida y vuelta del Penedès al Val d’Aran por trabajo y familia o viajes por la costa del Maresme y por la Catalunya Central durante el verano. Incluso viajes de enamorados a la Cerdanya o a Potes.

El viaje más importante fue el de independencia. Me marché de casa de mi madre un 3 de octubre con el “Zetaequís” lleno hasta los topes, con Kali en los pies del asiento del copiloto y con la sonrisa que se dibuja cuando empiezas algo de cero y sientes toda la magia. Me marché del Penedès a Madrid.

Con el “Zetaequis” saboreé mi autonomía como persona adulta y puse en práctica todo lo que había aprendido durante años de vida y de carretera. Me corté la melena a lo chico y me tatué, me descubrí en el amor y me enamoré… En fin, viví mientras iba definiéndome como mujer.

El momento más emocionante en el “Zetaequis” fue el rato que pasé con mi abuela una tarde cualquiera. Hacía años que ella había aprendido a vivir sola y esa tarde íbamos las dos a visitar a mis primas, sus nietas. Y fuimos en el “Zetaequis”. Conducía yo. Y después de cruzarnos algunas palabras y sonrisas, callamos. Y ese silencio nos unió.

Pese haber sobrevivido a más de algún ligero choque, mi querido señor “Zetaequis” me dejó al convertirse en un sándwich de chatarra un domingo por la tarde. La despedida fue dura. Me quedaba sin coche, sin mi quinta e híper necesaria pata para moverme, pero sobretodo me quedaba sin el vínculo directo con mi abuelo, que me había acompañado hasta el final.

Pero si algo he aprendido con los años es a seguir adelante.

Y con un mucho de ayuda, una pizca de suerte, una madre incansable y una búsqueda eficaz, tras un viaje nocturno intenso de Madrid a Barcelona en bus, llegó a mi vida mi actual coche: un Citroën Picasso C4 de siete plazas de color plata oscuro.

El Citroën es un palacio. Tal cual.

Tiene una ventana en el techo que me permite ver las estrellas cuando duermo. Tumbando todos los asientos de atrás se queda una plataforma que es como una cama de matrimonio pequeña. Puedo compartir espacio con Kali estando cómodas ambas, puedo dejar montada la cama sin tener que renunciar a espacio práctico durante el día y podemos dormir dos cómodamente.

Palacio del Citroën aparcado en Portugal.

Pero yo, que llevo en mis venas el recuerdo de los coches camperizados y de las furgos ochenteras, veía a mi serio Citroën como una mini mini furgo, así que lo disfracé nada más llegar a la familia: banderas de oración venidas directamente de Nepal, trapos y cojines de colores, pegatinas a modo de tatuajes, ramitos de flores y elementos espirituales colgados del retrovisor… Incluso un pequeño cristal escondido en recuerdo a mí querido señor “Zetaequis”.

Como con la “Furgo”, el Citroën está repleto de bártulos útiles y sentimentales.

Lo que aprendes a lo largo de tu juventud marca como llevarás a cabo los años de madurez. Y el Citroën es la puesta en marcha de lo que he aprendido y de lo que soy. Como los amores, no es definitivo, pero está siendo un gran compañero de viaje.

Tengo unas cajas para poder cocinar y comer, un toldo para protegerme de la lluvia y una hamaca para las paradas largas. Una garrafa de agua con un cierre particular modo grifo y una luz para colgar fuera mientras recojo. Dos colchonetas de tumbona de playa que sirven para una cama acolchada o para una más dura de matrimonio y un edredón para las noches de otoño. Y con él he cumplido sueños: viajes en pareja a Gredos, viajes con el coche a tope por traslados Penedès-Madrid, salidas de fin de semana a Monte Perdido con grupo numeroso o coche escoba con personas y trastos para escaladas multitudinarias en Albarracín.

Con el Citroën soy yo y todo lo que llevo conmigo. He encontrado el equilibrio entre quererlo todo y no necesitar nada. He aprendido a vivir con lo justo y que lo justo me haga feliz. Me he demostrado que sola puedo pero que compartir también mola. He entendido que las amistades son amistades aunque estén lejos y que el tiempo es un regalo. Con el Citroën he disfrutado de las pequeñas cosas del camino: de unas risas con una cuadrilla vasca y de paseos con amigos al son de las iglesias gallegas, de un atardecer en familia o de arrebatos pasionales bajo la lluvia, de madrugadas junto al mar y bajo las estrellas y de historias contadas a última hora…

Con el Citroën he elegido seguir adelante.

Seguir con el «vivir en la carretera».

Seguir, en definitiva, libre.

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