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Viaje a la España plurilingüe

por tresmilv
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Un amencer en el mar. En las costas gallegas el sol descubre os cantís –acantilados– más altos de Europa en San Andrés de Teixidó. Allí, con el vértigo en la boca del estómago, dibujamos el paisaje multilingüístico de España sobre un mapa lleno de fronteras políticas. Buscamos la tradición y la historia, la magia y las costumbres. Las profesiones que moldearon el carácter de cada pueblo, su alimento y su pasatiempo. Su naturaleza y la imaginación colectiva. La llave de esa cápsula cultural que envuelve a cada accidente geográfico, a cada paisaje, a cada persona, no puede estar limitada por ayuntamientos o parroquias, por alcaldes o curas, o por administraciones. La llave para llegar a la esencia de cada rincón por el que viajamos también debe ser parte de la espontaneidad cultural.

Nosotras lo encontramos en las lenguas, esas llaves maestras, las que nos descubren que no hay una sola España castellana y de vestido de lunares, que España es plural de Norte a Sur, de este a oeste, definida por la diversidad cultural de sus pueblos, esos que nos enriquecen con sus distintas lenguas. Cuatro son las lenguas reconocidas y oficiales en España, pero se estima que puede haber más de veinte. Y hasta ellas queremos llegar.

Galicia tiene al gallego como lengua oficial junto al castellano, pero es el gallego quien envuelve a Galicia. Cada grito dos percebeiros en esas líneas de costa donde contemplar a mestura –la mezcla– de terra e mar.  Cada uno de los pasos que llegan hasta la Catedral de Santiago después de  soportar a bremeta –la niebla– o a sarabia –granizo–. El gallego se reparte por Galicia con sus distintas variantes, palabras y expresiones únicas en cada pueblo. Vivo y auténtico. Cruzamos la frontera política para llegar a la comarca que se encuentra entre los ríos Eo y Navia, y nos dejamos guiar por el gallego-asturiano, una lengua increíblemente viva aún, incluso entre las nuevas generaciones. Nos sorprendemos con el rubien –cielo rojo– con un amanecer que presagia un día lluvioso. Un faro de rayas negras y blancas se impone altivo en el Cabo San Agustín, en Ortigueira (Coaña). Sin paraxismeiradas –hacer drama de algo– dejamos la costa para recorrer el interior. Mazonovo, en Taramundi, nos regala la oportunidad de ver el mayor museo de molinos de España. Entre el sol y la lluvia aparece el arco da veya –arco iris– para despedir el occidente asturiano.

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Cabo San Agustín. Ortigueira (Cuaña, Asturias)

Cuadonga es un lugar que presta –gusta– mucho a todo el foriatu –de fuera– que visita Asturias, un lugar conocido por su nombre en castellano, Covadonga, consagrado a la Virxen de Cuadonga. El orbayu –lluvia débil– en el norte es muy común, pero no podemos por ello dejar de visitar los Picos d’Europa y su Picu Urriellu con una altitud de 2519 metros, una de las cimas emblemáticas del alpinismo español.  Gallego- asturiano y asturiano, dos tesoros culturales, raíces de la tierra asturiana que hoy luchan por ser oficiales. Atravesamos las líneas lingüísticas y políticas para llegar a Cantabria. Cántabru, montañés o habla montañesa, lo importante no es cómo lo llamen, es lo que significa para sus hablantes. En el cauce del río Deva , formado por un conjunto de angostas gargantas del Macizo de Ándara, nos sorprende el Desfiladero de la Hermida. Un paisaje que te hará llevar a cuchus –a hombros– la magia cántabra para siempre. Pero Cantabria no es solo montaña; en sus costas, en un campo de dunas, puedes darte un cole –tirarse al agua– para refrescar en la Playa de Oyambre, a 64 km de Sanander –Santander–, o dejarte llevar por las vistas espectaculares de los Urros de Liencres, unos islotes situados frente a la costa que reciben ese nombre porque en cántabru urro significa «islote».

Euskadi, y hablando de mapa lingüístico nos engordamos. Un pueblo que reconoce su lengua como el pulmón principal de su identidad. Egun on –buenos días– o un simple ¡aupa! y arrancamos nuestro viaje empapándonos del euskera allá donde vamos. Los carteles y letreros de los establecimientos tienen una tipografía única, la euskal tipografía, que encierra en sí su identidad nacional. El xirimiri –lluvia débil– puede acompañarte durante todo el viaje, pues seguimos en el norte, pero sin duda su gente, su gastronomía y su cultura te dejará maitemindua –enamorado– para siempre. Coincidir con la marigora –mar subiendo– en Mundaka, meca internacional para los practicantes del surf, con una ola considerada una de las mejores izquierdas del mundo.  Cualquier momento del año es bueno para visitar la tierra de la única lengua no indoeuropea de España, pero en el mes de Otsaila –febrero, traducido literalmente en castellano por «el mes de los lobos»–, en la fiesta de Uztaberri Eguna en Lapuebla del Labarca, puedes recorrer los txokos –rincón o sitio pequeño– que más allá de su traducción literal se refiere a locales gastronómicos, para degustar rosquillas, aceite o dulce de arrope. El euskera, esa lengua «aislada», casi bruja y hechicera, que describe seres en bosques y a un pueblo de bravura. Y dejamos Euskadi. La fabla aragonesa, hablada en Uesca –Huesca–, tiene estatus de lengua propia. El senderismo, el esquí o la escalada en Jaca, situada en pleno corazón del Pirineo, son un fuerte atractivo para el turista. La boladeta –brisa suave– que te acaricia mientras atraviesas húmedas laderas donde ver hayas, pinos y abetos, y así cobijarse del airuchón –viento frío–. La babada –humedad mañanera en el campo– con vistas a un val –valle– es una de las sensaciones que, lejos de hacerte chemecar –quejarse–, sin duda te hará alcontrar en falta estas tierras. Como el perderse en As tres Serols y su Monte Perdido.

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Circo de Colomèrs

El aranés es la lengua de un valle. Lengua propia y oficial, el aranés es la lengua del Val d’Aran. Desencusantz-me –usted perdone– si te sorprende lo que te dice alguno de los habitantes del valle cuando te salude, porque puede hacerlo en catalán, español, aranés o francés. Nhèu –nieve–, ploja –lluvia–, gravadís –granizo–, hered –frío–; da igual el tiempo invernal, los habitantes del valle aman el iuèrn –invierno–, pues el Pirineo catalán pone en marcha la mayor estación de esquí de España: Baquèira. Las montañas Cap de Vaquèira y el Tuc deth Dossau son dos de los puntos más elevados de la estación. Además de deslizarnos por la nieve, podemos hacerlo por la tradición y vida cotidiana aranesa en el Museo Eth Corrau. Quien visita el Val d’Aran corre el riesgo de enamorarse, pues no es fácil despedirse de un valle donde podemos ver la lua –luna– bañándose en uno de los siete lagos del Circ de Colomèrs.

I arribar a Catalunya y la frase: «una lengua, un pueblo» cobra un sentido único. Todo el que piensa en Cataluña, piensa en el catalán. Podríamos visitar mil pueblos, mil historias, mil caminos persiguiendo el catalán. Uno de ellos es el Cap de Creus, el punto más oriental de la Península Ibérica, en Girona. Y no es pixar fora de test el decir que Cadaqués es un pueblo mágico. Cataluña es Mediterráneo, pero en las zonas de interior el agua también cobra gran importancia. El Delta de l’Ebre, río más caudaloso de la Península Ibérica, es una de las zonas húmedas más importantes de Europa Occidental. Para plegar –finalizar–, pasar por Barcelona que Déu n’hi do –¡no veas!– cuánta diversidad cultural de cualquier rincón del mundo nos podemos encontrar, combinado con la originalidad de Gaudí, en una ciudad que hoy intenta salvaguardar la tradición en un marco donde el turismo de masas cada vez hace más daño. Todas las somiatruites –soñadoras– que nos ilusionamos con los viajes y la aventura, que somos sensibles a los pueblos fuertes en su identidad, vemos en la lengua catalana una oportunidad única para conocer al pueblo catalán.

Y empezamos a descender.  

Perderse por algún sitio de esos que están a fer la mà –en algún lugar remoto– sería una buena opción para descubrir València a través del valencià. Y es que ¡che!, el valenciano no es un catalán con distinto acento. Sabemos que en la Comunidad Valenciana hay muchas posibilidades de torrar-se –abrasarse– al sol, pues es difícil que alguien quiera salir de alguna de sus increíbles playas, como es el caso de L’Arbre del Gos, situada al sur de la pedanía del Pinedo. Muy próximo esta el Parque de l’Albufera, uno de los humedales costeros más importantes de la cuenca mediterránea, que aunque sea un humedal, no corres mucho riesgo de xopar-te –estar muy mojado después de una lluvia fuerte–. Vall d’Albaidag, un amplio valle de casi 15 km  presenta un paisaje natural que açò, és mel de romero, y que además se considera una de las zonas donde el valencià se presenta con más vitalidad. Dentro de este «pack» lingüístico podríamos seguir nuestro viaje por las Baleares y la lengua balear, y lo haremos. Mos deim coses –ya nos veremos– por las islas mediterráneas.

¡Acho, tú!. Porque Murcia y el murciano no pueden recibirte de ninguna otra manera. Dentro de la diversidad lingüística de Murcia podemos encontrar el Panocho, lengua en la que hay cantidad de ascrebíos –escritos– y que nació en las antiguas huertas de Murcia.  Para este viaje, como muchos otros, vale más llevar un equipaje amanoso –fácil de transportar– porque en Murcia hay mucho por donde moverse. Y es que no se puede hacer de menos al Mar Menor: La Manga, la Playa del Castillico, con su arena fina y dorada, y muchos otros rincones costeros en los que sentirse en una cachulera –escondite– donde solo hay paz y donde poder capuzar –sumergirse en el agua– en alguno de los bautismos de buceo que propone Cabo de Palos.

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Atardecer en Palmones, Cái (Cadiz)

Y llegar al sur por excelencia. Andalucía brota, y es tan viva como su diversidad lingüística. Los cantos andaluces son un viaje en sí. Las palmas espontáneas en las terrazas de la Plaza Uncibay de Málaga o en la Alameda de Sevilla, y su bulla –mucha gente– y su jarana son un hecho. Sin ser conscientes, envueltos en un sol que aprieta una jartá –mucho–, las letras de las canciones nos transportan a la esencia andaluza, camelándonos, muchas de ellas originarias del pueblo gitano y su viva lengua caló. El Cabo de Gata, el punto mas suroriental de la península, llena el paisaje de playas y miradores, donde puedes ver a parejas y amigos riéndose y haciéndose ahogadillas –zambullir a alguien la cabeza en el agua– porque, miarma, el mar y la arena tienen un poder curativo para quitar la jibia –mal humor–. Las diversidad lingüística de Andalucía refleja la variedad de pueblos que a lo largo de diferentes periodos de la historia se asentaron en estas tierras, cada palabra, si se disecciona, nos habla de historia del pueblo Andaluz, como lo hace su arquitectura: el Real Alcázar de Sevilla, la Alhambra de Granada, la Mezquita de Córdoba. Azulejos, flores, olor a naranja y a pescaíto frito. Sol, playa, sierra, mucho arte. Y nada expresa el carácter de Andalucía como lo hace el andaluz.

Subimos, aunque desde lejos nos suena un silbido. Desde las islas Canarias, el silbo gomero es un lenguaje silbado que a día de hoy se sigue utilizando en algunos pueblos de la isla de La Gomera para comunicarse a través del eco que dejan los barrancos. El idioma guanche, originario de las islas, ha caído demasiado en el olvido, pero un silbido mantiene vibrante la comunicación tradicional. Continuamos el viaje. La fala extremeña, en el rincón más noroccidental de Extremadura, triángulo formado por San Martín de Trevejo, Eljas y Valverde del Fresno, enriquece la cultura intangible de la Sierra de Gata. La fala extremeña, lengua conservada por su poco accesible situación geográfica, no pierde su alah –aliento–. Este idioma local describe parajes como el Val de Xálima, también llamado Val do rui Elhas u Os tres lugaris, y curiosamente, un elemento intangible como es la lengua, es el mayor atractivo turístico de estos pueblos. Sus tres variantes locales, también llamadas as falas, determinan los tres pueblos que la construyen: el lagarteiru en Eljas, el manhegu en San Martín de Trevejo y el valverdeiru en Valverde del Fresno, hasta hoy vivos en los agüelos –abuelos–. Este es un viaje entre la gente, los hablantes de la fala dispuestos a asual –ayudar– en cualquier problema que tengas, pues lo que quieren es charrear –hablar– para sumergirte en su cultura, en sus leyendas y en sus costumbres. Pueblos donde hay una ligera sensación de viajar hasta el pasado, capaces de dejarte ensarifau –con los pelos de punta– y de hacerte reflexionar.

Se acaba aquí un viaje superficial por la España plural. Tres Mil Voces viajará en profundidad por cada una de ellas para describir su entorno a cada paso, y de la mano de sus lenguas. Y es que en cada pueblo existen palabras que son imposibles de traducir en ningún otro lugar del mundo, que guardan una perspectiva y un sentimiento único y popular. Esa manera que tiene la lengua de englobar en una palabra la historia y la personalidad de los rincones, de las personas. El churro, el chelja, manchego, el mallorquín, el tamazight, el galego-asturiano, el montañés, el patsuezu, el aranés y un largo etcétera de lenguas enriquecen nuestro patrimonio inyectando a nuestra cultura nacional una pluralidad cultural que, lejos de dividirnos, nos hace ricos. Un gran debate entre dialecto y lengua, «ser o no ser, esa es la cuestión». Pero independientemente de las academias y las etiquetas, de ser o no oficiales, las hablantes saben que su expresión es única, que les da raíces al mismo tiempo que les dota de alas. Un sentimiento de pertenencia ancestral, un legado. Las lenguas hacen vivos a los pueblos, a las hablantes, y ahora a nosotras, las viajeras, que encontramos en ellas una nueva manera de ver el mundo.

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