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Un beso con lengua

por tresmilv
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En esa casa no cabía ni un trasto más. A ella, lejos de producirle ansiedad, ese montón de zapatillas viejas y la montaña de polvo que cubría las fotos en blanco y negro le hacían sentirse acompañada. Se miró la palma de la mano. La cerraba y la abría constantemente mientras pensaba como aún, a sus ochenta y ocho años, le podían seguir sudando tanto. Las gotas se quedaban atrapadas en las líneas de la mano, ¿o debería llamarlas arrugas? Ya le daba igual. Las piernas pesan, adelanta con esfuerzo dos pasos y se detiene en la ventana. No hay nadie en la calle, solo lluvia y el ruido de alguna moto. Retrocede un paso y hace el amago de caerse, normal que no le dejen vivir sola.

Logra sentarse en el sofá después de un quejido. Dicen sus hijas que está sorda, pero ya lleva como diez minutos escuchando el teléfono, es que no quiere contestar. Fija la vista en el reposabrazos. Siempre le gustó ese color gris plata que le da el terciopelo. Le entretiene ver cómo cambia de color si lo acaricia en una dirección u otra, le relaja, y al mismo tiempo le sirve de excusa para secarse las manos.

Desvía la mirada hacia el teléfono mientras imagina lo que supone descolgar. Hace un gesto de aburrimiento y estira el brazo. Tiene que reconocer que fue buena idea pegar el aparato al sofá y desprenderlo de la pared de la cocina. Deja la mano apoyada sobre el teléfono durante unos segundos, no sabe si por miedo a contestar o porque la vibración del sonido le produce placer. Levanta el auricular unos centímetros. Su pulso es malo, inestable, acercar el teléfono a la oreja se vuelve complicado. La prisa le hace sudar más y, ante la presión, se le cae y cuelga sin querer. Se tranquiliza, queda en la misma postura, inclinada hacia adelante, sabe que volverá a sonar. Llega el primer tono, esta vez lo logra.

  —¿Qué quies? —dijo con voz de resignación mientras descalzaba con el pie derecho la zapatilla del otro pie.

  Al otro lado del teléfono se escucha la voz nerviosa de una mujer.

  —Pásamela.

  Dejó unos momentos de pausa y contestó.

  —Nun tá —dijo escueta.

  —Ya, pues me temo que en lugar de un castigo lo de estar sin móvil le está suponiendo una ventaja. Joder, mamá, ¿no le piensas decir nada?

  —¿Pa qué?, díselo tú, que pa eso yes la madre. A mi nun me fai casu de na —dijo ella con más tono de indiferencia que de pena.

  —¿Pero de que va esa guaja? Hace lo que le da la gana y se ríe de todos. La mandamos para el pueblo a ver si relaja y ahora resulta que dice que se avergüenza de su abuela. ¿Quién se cree que ye esa mocosa?

  —Nun seas tan dramática, anda. Ta acostumbrada a la otra güela, la de Xixón, que-y fala de mozos y eses coses, ¡quésiyo!

  —Me dijo Laura que te había dicho que aprendieras a hablar—dijo avergonzada de su hija la mujer al otro lado del auricular.

  —Di-y a Laura que nun se meta, que solo me llama pa sacame problemes.

  —Bueno, también es tu hija, se preocupa por ti. ¿De verdad te dijo eso?

  —Diz que nun m’entiende, que si nun me avergoño de nun falar en casteyanu, y que nun quier traer a les amigues equí porque van pensar que tien una güela analfabeta. A mi dame igual, Llara, educóse asina, ¿qué esperes?

  —Ya tardabas, ¿eh, mamá? Yo nunca salí del pueblo porque me avergonzara de mi familia. No es que no me gustara la montaña, pero yo que sé. Era una guaja. Son cosas que pasan, los nuevos tiempos. Supongo que es ley de vida. Es normal que quisiera vivir en Gijón una vida moderna y no la de un pueblo de cuatro casas. No tengo que pedir perdón por ello.

  —Vale —dijo la madre con menos ganas de seguir la conversación que nunca.

  —Ya me conozco ese «vale». No es lo mismo, mamá, no lo es. Mira, vamos a dejar esto ya. Yo te llamaba porque no podemos consentir que se esté portando así contigo. Se supone que está allí para que aprenda la lección, para que sepa que como no cambie le espera un largo verano en el pueblo.

  —Ye verdá. Esta guaja nun aprende ni col peor de los castigos. Traíla a un pueblu ensin xente, na montaña, a cuidar d’una vieya que nun sabe falar —y colgó.

Alicia miraba la puerta. Una puerta vieja y fea. Era horrible. Le parecía horrible. Apoyó su frente en la madera, justo a la altura de la mirilla. Se miró los pies. Calzaba unas botas de agua verdes con la suela blanca, aunque manchadas de tierra. No quería entrar. Era diciembre, hacía mucho frío, así que se entretuvo echando humo por la boca. Hacía un movimiento con los labios parecido al de un pez. Cerró los ojos y picó dos veces. Descansó unos segundos sin bajar el brazo y mantuvo los nudillos pegados a la puerta. Insistió de nuevo.

—¡Ábreme que me congelo! —gritó Alicia lo suficientemente alto como para que cualquier vecino le escuchara.

  Ella la sintió desde dentro. Le sorprendió la hora, demasiado temprano. Alicia solía llegar tarde del curso de inglés que ahora daban los martes a las cuatro en la casa de cultura del pueblo. Acababa a las cinco y media, pero su nieta nunca volvía a casa antes de las siete. Decía que se quedaba un rato en los ordenadores, ya que era la única opción que tenía de poder saber algo de lo que ella llamaba «cuando era feliz».

  —Entra pola ventana, neña —dijo la abuela desde el interior de la casa en tono de broma.

  —¡Vaya, ho! ¿Justo ahora decidiste ser graciosa? —contestó la nieta desde el patio.

Llevaba más de media hora con la televisión apagada. El sonido del aparato no le dejaba escuchar bien sus pensamientos. Lo hacía muchas veces. Se quedaba sola, sentada, mirando a algún punto fijo. A veces, se podía apreciar en su rostro una leve mueca de felicidad, arqueaba un poco la boca, solo de un lado, y las cejas despegaban hacia arriba. Otras veces los ojos se le inyectaban en sangre, pero nada más que eso, ya no lloraba. Le dijeron una vez que cuanto más mayor te haces, más sensible te vuelves, ella no era de esa opinión.  Vivía de los recuerdos. Llevaba viuda desde hacía treinta años, aunque no hacía un drama de eso, tampoco es que fuera feliz en su matrimonio. Su memoria le llevaba hacia más atrás, su juventud, cuando aún era soltera. A veces recordaba cosas que le subían los colores, como cuando bailó por primera vez con un refresquín en las fiestas del pueblo, lo mal que lo paso de la vergüenza. Esa imagen, la de Miguelín con la mano en su espalda, era la que estaba recordando cuando Alicia tocó la puerta, y de ahí su estado de humor. Se levantó sin ganas, y con pasos cortos y lentos, fue hasta la puerta con miedo a tropezar con la alfombra.

—¿Nun teníes con quien falar güei polos ordenadores? —dijo dándole la espalda a Alicia según abría la puerta.

  —Si, pero pasé. Cada vez se me quitan más las ganas de ver cómo la gente disfruta de sus vacaciones de navidad, pasándoselo bien, y yo aquí muerta del asco —dijo Alicia mientras se sacaba el gorro de lana verde de la cabeza.

  —Mira, pues ye lo qu’hai. Fala con tu má y vuelve pallá.

  —Sí, que fácil. ¿No ves que mi castigo es una excusa para que yo esté aquí cuidándote y ellos puedan estar tranquilos? Piensan que soy tonta.

  —A mi nun me fae falta naide.

  —Si, ya, tas guapa. Pues deja de quejarte a mamá de que no venimos a verte. Lo que tienes que hacer es venirte ya para Gijón, y darte cuenta que allí tenemos una vida, que tenemos que trabajar y que tenemos que estudiar, y que para unas horas de tiempo libre que tenemos es una tortura tener que venir hasta aquí para ver praos con vacas.

Se le apretó el corazón. Con ochenta y ocho años una no aguanta igual estos golpes. Rota de pena, por ella, por todo, la miró más con miedo que rabia. Había visto en un programa de la televisión que para quitar la tristeza y el malestar emocional, había que impedir que un mal pensamiento estuviera más de un minuto seguido en tu cabeza. Se fue a la cocina. Caminó directa hacia un montón de cartas que guardaba en una especie de baúl, colocado debajo de la ventana, y que era el lugar donde siempre se sentaban los vecinos cuando iban a visitarla, cosa que pasaba a menudo. Ella tenía buena conversación y en su cocina siempre olía a café negro. Agarró una carta, la abrió para comprobar que tenía la fecha que buscaba, y volvió a la sala.

  —Ties que faceme un favor —dijo, mientras estiraba el brazo que sostenia la carta hacia Alicia.

  —¿Qué es esto? —preguntó Alicia al mismo tiempo que acariciaba al gato que tenía en sus piernas, que aunque era de la vecina, siempre estaba en su casa.

  —Nun lu ves, una carta.

  —Ya bueno, me refiero a qué quieres que haga con ella.

  —Lléva-yla al escocés, ta equí cerca.

  —¿A quién? —dijo Alicia con cara de ver un marciano.

  —¿Lleves dos selmanes equi y nun lu conoces? Ye un rapaz que vino fai un par de meses. Entamamos buena amistá. Entrúgame munches coses, paez que-y presta muncho Asturies.

  —Menudo friki. ¿Y cómo llega un escocés a vivir en el culo del mundo? Madre mía, teniendo Londres a tiru piedra, hay que estar loco —dijo Alicia riéndose del chico sin conocerle.

  —Pos paez que-i regaló una postal de los Picos de Europa una prima que fixo’l camín de Santiago. Pasó per Cuadonga y nun-y faló d’otra cosa—dijo ella con orgullo de su pueblo—. Faime muncha gracia, siempre diz que ta nel paraisu.

  —Si él lo dice… ¿Y dónde vive ese chiflao?

  —Detrás de la panadería, antes de llegar a casa la maestra —explicó. 

  Miró a Alicia durante unos segundos preocupada por su respuesta.

  —Nun te lu pidiría, pero güey tengo un mal día. Duelme muncho la cabeza y la panza, paez que toi revuelta, un poco repunantona —dijo la anciana.

  —Te puedo hacer un favor, no hace falta que me des explicaciones—dijo la nieta mientras se quitaba al gato de encima y cogía la carta.

Se abrigó con cuatro capas. Camiseta térmica de manga larga, camiseta de manga corta por encima, jersey y plumífero. Alicia siempre llevaba un paquete de clínex y bálsamo labial al salir de casa, cosas del frío. Decidió pillar un paraguas para que la carta no se mojara, ya que si fuera por ella preferiría ir mojándose antes de tener que taparse con un trozo de tela tan espantoso, o más bien rancio, como lo era todo para ella en esa casa.

Por el camino no se cruzó con nadie. Nada nuevo. Un par de casas con luz en el interior, perros dentro de las casetas y algún coche que pasaba salpicándola con las ruedas. No hacía mucho caso a su entorno, iba pensando en los jóvenes que volvían de las ciudades a pasar allí los veranos. Era un grupo de unos seis o siete amigos con los que coincidía de vez en cuando en alguna de las visitas que hacía a su abuela. Alguno era guapo, por lo menos de lejos. Todos tenían motos, de esas de cross. La miraban mucho cuando pasaba, aunque Alicia ya estaba acostumbrada a eso. Creía que alguno le sonaba de Gijón, aunque la abuela decía que no, que esos como mucho todo lo lejos que se habían ido a vivir sería a Llanes o a Ribadesella.

Empezó el olor a pan. Ya eran las seis y media de la tarde y aún llegaba ese olor único de la panadería. Miró alrededor hasta encontrar la casa de la maestra. Se adelantó unos pasos para ganar visibilidad. A su izquierda descubrió una pequeña casa en bastante mal estado.

  —Na, es esa fijo—dijo en voz alta sin esperar que nadie le escuchara.

Picó dos veces en una puerta que ya estaba abierta. Nada. Era el día de pasar frío en los patios de las casas. Volvió a picar.

  —¡Joder! —dijo en un tono enfadado—¡Holaaaa! Soy la nieta de…

  —¡Meca! Nun esperaba a una neña tan xóven—dijo el escocés abriendo los ojos y acercando su cara a la de Alicia insinuando dos besos.

  —Eh…bueno…hola, sí. Me mandó mi güela venir aquí —titubeó Alicia encendida como el fuego de la chimenea que calentaba la casa del extranjero.

No daba crédito. Era el chico más guapo que había visto en sus cortos quince años en este mundo. El corazón le palpitaba en las orejas, y todas esas capas de ropa que había puesto en casa le hicieron ponerse a sudar, sobre todo las manos, siempre le sudaban mucho las manos.

  —Pasa, pasa. Tas en to casa —dijo el arrubiado mirando con disimulo los ojos negros de Alicia, que siempre recibían tantos piropos.

  —Yo solo vine a esto —dijo Alicia levantando el brazo y mostrando la carta.

  —Sí, sí. Ya lo sé—dijo él tímidamente —Pero nun veo muncha xente xoven equí.

  —Sí, yo tampoco, eres el primer chico joven con el que hablo en el pueblo. Es que, no sé, eres muy joven para estar aquí.

  —Sí, soylo. Cumplí los dieciochu y víneme. Pasa y falamos. Tengo quesu y nueces—dijo el escocés en un asturiano bastante bueno para solo llevar dos meses allí.

  —Bueno… ¡está bien! —dijo Alicia mientras caminaba hacia el interior de la casa siguiendo al joven.

Aprovechó el momento de pasar frente a un espejo que había colgado en el pasillo para ver qué imagen tenía. Su pelo estaba mojado, su rostro pálido y su nariz roja. Deseaba no haberse visto.

  —Cuéntame…¿cuántu tiempu lleves equí? —dijo el chico con su muy marcado acento escocés.

  —Pues… dos semanas. Yo no soy de este pueblo, ¿eh?, yo soy de Gijón. Nací allí y siempre viví allí. Ahora estoy aquí cuidando de mi abuela, que esta mayor y bueno, así la controlo.

  El escocés la mira extrañado, como si algo no le encajara.

  —¿Por qué nun fales asturianu? —preguntó el chico.

  —¿Cómo dices? —respondió Alicia con tono de burla.

  —Tú. ¿Por qué me fales en casteyanu? —dijo el chico con toda la naturalidad de estar preguntando algo lógico.

  —Hombre, pues porque tengo quince años y no noventa, por ejemplo. Lo raro es que tú lo hables, lo que me hace mucha gracia. Yo que sé, el asturiano en una persona joven no queda bien, es como raro.

  —¡Que va, ho! A mi préstame un montón—dijo el escocés con un tono poco natural —Nun sé. Yo vine equi dende otru país, a una tierra muy asemeyada a la que yo vivo, Escocia. Asturies préstame muncho, pola naturaleza, polos árboles, los cuentos de los guajes, la mitoloxía. Todo, nun sé, asemeyaseme munchu. La gaita, les comides típiques. Recuerdame to a la mio tierra, y nun toi equi por eso ¡eh! Yo toy equí porque pa mi Asturies tien una cosa que nun tien Escocia. Asturies cantien la so llingua, y pa mi nun hai na que más te faga sentir una cultura que la llingua. —hace una pausa—Llegué equí, a un pueblín onde los homes y les muyeres siguen falando esa llingua que dio nome a toles coses que me presten d’esta tierra. El llobu, les andolines, la curuxa, el quesu gamoneu. En Escocia casi morrió la nuesa llingua. El gaélico escocés cuasi ye un desconociu nel país. Ye triste Alicia. Ye la nuesa cultura, la nuesa tradición, ye lo que somos, pero agora ye todo’l inglés.

El escocés miró la cara de poca empatía que estaba poniendo Alicia, e intentó cambiar el discurso para hacerla comprender lo que decía.

  —Mira, ¿a tí gústate viaxar? —le preguntó.

  —Pues claro, me encanta —contestó ella sin saber muy bien a donde quería llegar.

  —Pos a mi más. Por eso toi equí. Nun voi marchar a otru país pa conocer lo de siempre, lo que cada día venden nes axencies de viaxes. ¿Nun te das cuenta? Esto ye’l verdaderu viaxe, esta ye la verdadera cultura d’un país, esto ye descubrir l’orixe de verdá. La llingua nun se vende, nun se-i pué poner un marcu y ponela de postal. La mio prima pudo traeme mil fotos, mil quesos, mil botelles de sidra, pero nunca me pudo traer la llingua asturiana. Tuve que venir pa conocela, pa falala tamién si quería formar parte d’ella. Vine pa facer que ella, la llingua, me descubra toes eses coses que me enamoraron d’esta tierrina, ¿entiéndesme agora?

Alicia se quedó sin saber qué decir. No quería defraudar al chico más guapo que había visto en su vida, y aún estaba menos dispuesta a defraudar a su abuela.

  —¿Qué son esas cartas? —dijo la joven para evadir la respuesta. La curiosidad le picaba demasiado después del discurso del escocés.

  —¿Les de to güela? Ella escríbeme toes les selmanes una carta, n’asturianu, claro. Faímela ller pa que aprenda palabres y otres coses de la tradición asturiana.

  —¿Mi abuela?, ¿en serio?

  —Sí, cuéntame de too, y encántame. Cuéntame coses que-y pasaron na xuventú. Cuéntame sobre la guerra civil, sobre la fame y sobre la revolución —contaba, con pasión, el joven—. Entama siempre con alguna reflexón, creo que fala de la cultura pero en realidá fala d’ella, o fai como si fuesen la mesma cosa, nun sé. Fala de cómo los xóvenes tan desnaturalizaos con la lluz de les bombielles y lo poco que-yos importa. De que prefieren dos hores en coche que media hora de camín na montaña. Que los rapacinos riense mirando l’ordenador en cuenta de tar saltando nos praos colos collacios. Cuéntame que nun entiende que tienen les hamburgueses que nun tenga una bona carne asao. Dizme que-y aburre la música en inglés, qu’a ella, además de la melodia, tamién-y gustan emocionase con una bona lletra.

El chico hace una pausa y baja el tono de voz.

—Fala muncho sobre la soledá, la de los pueblos, la de les persones. Del futuro de les aldees, de les hestories que se pierden colos vieyos que falten, que son coses que yá nun van volver, y que paez que a naide-y importa. Diz que se-y quiten les ganes, que pierde la fuerza. Diz que la xente piensa que ye una tontería, que ye lo natural, pero que pa ella, ver cómo de pierde tolo que fue parte de la to vida, lo que te fizo ser quien yes, ye cuasi el mesmu dolor que pues sentir cuando pierdes a un ser queriu, porque toles persones que quies o que quisisti fueron parte d’esi mundu que ta perdiéndose. Entrugase cuando entamaron los vieyos a ser un obxetu más, que nun yera asína cuando yera xóven. Falame de la llingua, de la so llingua, diz que tien mieu a que muerra sola, como ella, por nun sabela apreciar.

Alicia no quería escuchar más. Le puso la mano en la boca para evitar que le hiciera llorar. No podía soportar la idea de que su abuela hubiera escrito esas cartas pensando en ella, que esas líneas fueran un reflejo de cómo le hacía sentir. Se miraron unos segundos fijamente, ojos azules frente a ojos negros. Por un momento se pensó si besarlo. Sentía demasiadas cosas en ese momento y no sabía cómo gestionarlas. Le dolía que un joven escocés, que solo llevaba dos meses en la vida de su abuela y que ni si quiera era de la familia, supiera más sobre sus sentimientos que ella. Se sintió ignorante y humillada, egoísta y engañada.  Avergonzada de no conocer su tierra, avergonzada por avergonzarse de ella.

  —Me tengo que ir —dijo Alicia.

  Y se fue.

En mitad del camino empezó a costarle respirar, caminaba tan rápido como lo hacían sus pensamientos. Daba vueltas a cada una de las palabras mal pronunciadas que le había dicho el escocés. ¿Cuándo empezó su abuela a sentirse tan abandonada?, ¿por qué nadie se dio cuenta? Ella es muy fuerte, no puede sentirse así.

Se metía en todos los charcos, era imposible prestarle atención al suelo. Cuando se dio cuenta, el agua le había entrado por la parte superior de las botas. Se paró en seco, y empezó a llorar. Se sintió desbordada.                   

Comenzó a mirar a su alrededor y se fue tranquilizando. El pueblo no estaba tan mal. Las vistas en algunos puntos eran de revista. Respiraba aire puro, y eso se notaba. Hacía tiempo que no tenía dolores de cabeza, esos que le daban después de estar horas entre el ordenador y el teléfono móvil. Tenía tiempo de aprender inglés en la casa de cultura de una forma mucho más barata que en la ciudad, y ahora quería ponerse con el asturiano. Sabía que el escocés le ayudaría, esa es otra, qué guapo era, y además interesante, aunque aún le parecía raro su habla asturiana con acento escocés, pero hay que decir que es de merecido reconocimiento. Y sus ojos azules, claro, que hablan un idioma universal. Ahora él estaba en el pueblo, como ella.

Abrió la puerta, esa vez se acordó de llevar las llaves. Tenía más ganas que nunca de ver a su abuela. Estaba allí, sentada en ese sofá gris plomo que Alicia detestaba, aunque no en ese momento. Dejó las llaves encima de un mueble que impedía poder abrir la puerta del todo. Colgó su chaqueta e hizo amago de quitar el gorro de lana de su cabeza, pero se dio cuenta de que no lo llevaba, y que lo había dejado en casa del escocés. Todo era silencio, su abuela rara vez veía la tele más allá de las cinco de la tarde. Olor a café negro y el calor de la cocina de carbón. Caminó despacio con miedo a despertarla, se sentó en un sofá de tres plazas que la colocaba detrás de su abuela, detrás de ese sofá gris plomo.

  —Me quedaría aquí siempre, güelita —dijo Alicia—Sí, supongo que pensarás que me estoy volviendo loca, pero te propongo un trato. Empecemos de cero.

  Se reclina hacia adelante para asegurarse de que su abuela le oiga con claridad.

  —He ido a ver a tu amigo, el escocés este, güelita. Así que tengo que reñirte… ¡mira que nunca hablarme de un guaperas así! Bueno, tampoco es que yo te preguntara mucho.

  Queda callada unos segundos y saca media sonrisa inocente esperando una respuesta.

  —Creo que me enamoré. Habla muy bien de ti, me sorprendió. Yo no sabía que escribías. Algún día tienes que contarme todo lo que le cuentas a él, porque me interesa, güeli, te lo prometo. Cómo eras, que hacías, como te divertías. No sé, la vida del pueblo.

Sigue sin tener respuesta, era típico en su abuela no decir nada cuando no veía que fuese el momento.

  —Siento que no sé nada, y me culpo de sentirme fuera de lugar en mi propia tierra. Sueño con ir a California y no conozco más allá de Cudillero. Con lo bonito que tiene que ser el occidente de Asturias, ¿eh güelita? Mira, podemos convencer a mamá e ir todos. Creo que hay un pueblo precioso, con un faro enorme que se llama Ortigueira, lo leí una vez —respira hondo— Quiero aprender asturiano güelita, porque creo que es fundamental para reforzar nuestra relación. ¿Cómo puedo ser indiferente a una lengua que me vincula con mi abuela? Ahora lo pienso, güelita, yo no te imagino sin hablar asturiano, sería raro cualquier otra cosa, eres tú, tú eres el asturiano. El olor al pan que sale de la panadería, que me encanta, es el asturiano, la montaña es el asturiano. Todo sería, no sé, como menos auténtico, más artificial, menos real sin él. Tú eres el asturiano güelita, y yo siempre lo utilice como excusa para no escucharte, para decir que no te entendía y así no hacerte caso. Yo lo entendía todo, güelita, pero no te entendía a ti. A tu amor por todo esto.

Se levanta y va hacia la mesa que esta justo al lado del sofá gris. Aparta el teléfono y se sienta sobre ella. Se mira las manos que sudan sin parar, se limpia en el pantalón vaquero. Busca la mano de su abuela, la rodea con la suya. Hoy a ella no le sudaban, que raro. Recuerda que, cuando era una niña y le cogía de la mano para llevarla a ver las ovejas, siempre las tenía húmedas, pero a Alicia le daba igual, así se sentía protegida ante esas cabras que no la paraban de mirar.

  —Güelita, no te me hagas la dormida como de costumbre cuando crees que hablo sin sentido. Hoy te lo digo en serio. Más en serio que nunca —dijo Alicia en un tono muy suave y poco habitual en ella.

La comienza a mirar con ternura. Su pelo blanco más largo de lo normal para una mujer de su edad. Siempre pensó que quería tener el pelo de su abuela cuando fuera mayor. Su bata granate y un delantal de cuadros que siempre vestía. Se le veía tranquila. No era la abuela más cariñosa del mundo, es más, no se le podría llamar cariñosa, pero sí que era buena y sensible, no hay duda.

Bajó la mirada hasta las piernas, pese a las varices, aún las mantenía en buena forma. Hacía mucho tiempo que no la sentía tan cerca. Comenzó a hablar en un tono más alto. Bromeó sobre su futura vida con ella y el escocés para animarla a decir algo. Para eso, y para empezar a despejar un miedo que empezaba a recorrerle el estómago.

  —Oye güelita, toi pensando qu’igual voi al escocés y-digo que por face-i un favor, yá que tanto y-interesa esto de los idiomes, puedo da-y yo un besu con llingua. ¿Cómo lo ves? —dijo con una risa en la boca y un nudo en la garganta.

Cambio la risa nerviosa por la seriedad del miedo. Le tocó la frente, su temperatura era la normal. Subió la manga de la bata granate hasta el codo. Deslizó por el brazo su dedo índice y corazón, una carretera de piel que cada vez tardaba más en recuperar su forma después de tocarla. Era tan blanca. Llegó a la muñeca. Apartó un reloj de pulsera plateado. Colocó sus dedos y se detuvo unos segundos. No tenía pulso.

Cada tarde le hacía vivir una nueva historia. En total fueron hasta diecinueve. La veía allí, caminando en la sala, a veces con un rostro joven, era preciosa. Ojos negros grandes y pelo castaño hasta la cintura, la misma imagen de las fotografías en blanco y negro a las que nadie quitó jamás el polvo. No se movía hasta que se lo contaba todo, palabra por palabra, y si había alguna que no entendía, se la hacía repetir. Estaba allí para aprender.  En una casa de piedra y teja, donde la humedad sustituyó al calor de una cocina que nunca más se volvió a encender, se sentaba en una silla de enea Alicia, mirando hacia un sofá vació de terciopelo gris.

El mismo sofá donde la encontró muerta. En ese lugar donde le prometió que la reviviría con cada carta, conservada por su lengua, para no dejarla morir.

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