En esa casa no cabía ni un trasto más. A ella, lejos de producirle ansiedad, ese montón de zapatillas viejas y la montaña de polvo que cubría las fotos en blanco y negro le hacían sentirse acompañada. Se miró la palma de la mano. La cerraba y la abría constantemente mientras pensaba como aún, a sus ochenta y ocho años, le podían seguir sudando tanto. Las gotas se quedaban atrapadas en las líneas de la mano, ¿o debería llamarlas arrugas? Ya le daba igual. Las piernas pesan, adelanta con esfuerzo dos pasos y se detiene en la ventana. No hay nadie en la calle, solo lluvia y el ruido de alguna moto. Retrocede un paso y hace el amago de caerse, normal que no le dejen vivir sola.
