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Que me lo cuente en gaélico una gaita

por tresmilv
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gaita en skye

Sorprendentemente el origen de la gaita se haya en los sofocantes desiertos del antiguo Egipto. Pero es entre las frías tierras celtas donde encuentra, ahora, su espacio y eco particular. Tanto es así que Escocia la adoptó como instrumento musical nacional.

Gozar de este título de prestigio la ha conver­tido en una de las principales protagonistas de la experiencia escocesa. Por ello se la oye resonar por las calles de Edimburgo y Glasgow o por los lugares más emblemáticos de estas tierras de leyenda.

Escocia se reconoce por y en la gaita. Es decir, comparte sus tres partes principales. El soplete, que es el tubo superior de madera por el que sopla el gaitero para llenar de aire el fuelle. El orde o fuelle, que es el saco de piel de cabra u ove­ja donde se almacena el aire soplado. Y finalmente el puntero, que es el tubo perforado inferior, también de madera, por el que sale el aire y suenan las notas de la melodía. Y Escocia, su cul­tura, su gente y su paisaje, se puede describir siguiendo esas mismas partes. El soplete es la naturaleza virgen y salvaje, el orde o fuelle es la lengua gaélica y el puntero, las islas Hébridas del oeste.

Dejadme contaros porqué.

EN PRIMER LUGAR, EL SOPLETE

Escocia mantiene una íntima relación entre su naturaleza y su gente. Además de tener una conexión casi espiritual con el medio, la población escocesa sigue sosteniendo parte de su economía y de su alimentación a través de la agricultura, la ganadería y la pesca.

Un 75% de la tierra está destinada a distintos tipos de cultivo. El de la cebada, uno de los más importantes por la elaboración del whisky y la cerveza. En cuanto a la ganadería, gran parte radica en la producción y exportación de lana, especialmente la Tweed Harris, confeccionada en las islas Hébridas. Y respecto a la pesca, el archico­nocido salmón escocés ha obtenido fama alrededor del mundo. Cada uno de estos ámbitos de producción cuenta con un proceso propio y tradicional de realización y fabricación. Se han mantenido las técnicas y las formas a través de los siglos por interés cultural y por la practicidad y efectividad en los resultados.

Asimismo, Escocia cuenta con una importante despoblación. Las Clearances de la época industrial del siglo XIX provo­caron un gran vacío de gente que marchó de las zonas rurales a las ciudades. A este movimiento interno se le une la existencia de numerosas regiones vírgenes, libres de la actuación de la mano humana. El gobierno escocés ha querido proteger estos lugares por su importancia tanto turística, como histórica y natural.

La cultura y la sociedad escocesa respiran y palpitan al son de su entorno, siguiendo un tempo pausado marcado por el medio natural que les rodea.

EN SEGUNDO LUGAR, EL ORDE O EL FUELLE

La lengua es el elemento que nos hace humanos. Es la herramienta que materializa nuestro pensamiento. Es la respuesta que, como animales sociales, hemos desarrollado para relacionarnos y comunicarnos entre nosotros y con nuestro entorno. Cada lengua representa una clasificación conceptual única adaptada a cada una de las realidades de los grupos sociales y lingüísticos y a sus historias.

Todas las lenguas son distintas y funcionan a través de una estructura lingüística diferente. Contienen formas de expresarse características que representan la forma de pensar de una cultura. Trabajan con palabras exclusivas que definen un sentir o un hacer y que carecen de traducción. Suenan de forma singular al oído de los desconocidos, dando una especial musicalidad a la realidad.

Por eso, encontrarnos frente a lenguas minoritarias, lenguas con un número de hablantes exageradamente reducido, es encontrarnos frente a un reducto de pureza cultural. El gaélico escocés y las zonas de Escocia donde se habla es un ejemplo de ello.

Hablado por algo menos del 1% de la población, el gaélico sobrevive en Escocia gracias al amor y a la lealtad de su gente. Entre ellos han formado una estrecha comunidad unida por la lengua que los conecta con todo lo demás. El gaélico había jugado el papel de llave cultural, es decir, que sólo si se era gaélico hablante se podía acceder al círculo social.

Actualmente, el número de apren­dices de gaélico aumenta día a día. Y no sólo en Escocia, también en Alemania, Canadá o Nueva Zelanda entre otros.

Pese al efecto del inglés y su estatus de lengua internacional, el gaélico escocés se mantiene en regiones alejadas del turismo masivo. Concretamente en las islas Hébridas, tanto las interiores como las exterio­res, es donde el gaélico tiene una mayor presencia. Es allí donde podemos encontrar la pureza cultural escocesa. La más auténtica, la menos retocada por intenciones consumistas, la más natural y sincera.

Siendo el gaélico la lengua representante de los lugares más puros de la cultura escocesa y siendo la naturaleza el elemento principal de esa cultura, podemos bautizar al gaélico como a la lengua de la naturaleza.

El gaélico escocés desciende del antiguo celta. Llegó a Escocia de la mano de un grupo de monjes cristianos proveniente de Irlanda en­tre los siglos IV y V de nuestra era (d.C.). La iglesia fue la principal herramienta de difusión de la lengua, que acabó por vivir una im­portante hegemonía, llegándose a hablar en toda Europa central y occidental. Con la marcha a Londres del rey Jaime VI en 1603, el gaélico comenzó a sufrir manipulaciones y deslealtades culturales y políticas, siendo víctima de persecuciones y denigraciones. Así inició su imponente declive.

EN TERCER LUGAR, EL PUNTERO

Las islas Hébridas forman un gran y diverso archipiélago en la costa noroeste del territorio escocés, en un mar que lleva su mismo nombre. Ocupadas desde la época prehistórica, estas islas han sido habitadas por distintas culturas celtas y nórdicas.

Este archipiélago cuenta con unas quinientas islas, con­tando incluso los peñascos inhabitados, de las que sólo un centenar tienen población. Todas ellas están compuestas por unas formaciones rocosas resultantes de actividades volcánicas de hace 160 millones de años.

Las islas interiores funcionan geográficamente como una extensión del territorio escocés. Quedan resguardadas de las corrientes oceánicas por las islas exteriores y la Main Land (la tierra firme). Skye es la más grande de estas islas y es también la más importante. Es la representante por excelencia de la naturaleza virgen y salvaje de Escocia. Además es uno de los tres puntos a través del que se puede llegar a las islas exteriores. Su belleza natural se presenta como un auténtico escenario de película. Es un fascinante espectáculo de agua, tierra y cielo. Adentrarse en sus tierras y en sus aguas es como entrar en un mundo mágico donde nada es lo que parece; donde la vida ha quedado anclada en un pasado de historia y leyenda que se mueve al son de ritmos propios.

En la península de Trotternish, la región del norte de la isla donde más se habla gaélico, se encuentran algunas mara­villas escondidas entre la bruma. Una cascada de agua dulce que cae al mar con un peculiar telón de fondo en forma de kilt, la típica falda de cuadros escocesa. El valle de Quiraing, que se abre como un enorme teatro griego geológico. La bahía de Staffin, donde uno puede  ver el rastro del pasado en las huellas de los dinosaurios protegidas por el océano. E incluso el Fairy Glen, el valle de las hadas oculto entre los pastos.

Además, Skye cuenta con la única universidad de habla 100% gaélica de Escocia, la Sabhal Mòr Ostaig.

islas
Menhires prehistóricos.

Si Skye es el ejemplo de la naturaleza escocesa más virgen y salvaje, la isla de Harris y Lewis, la principal de las Hébridas exteriores, es el ejemplo más puro de cultura gaélica.

Los locales las llaman Western Islands (las islas del oeste) porque se sitúan al borde del Atlántico. Son el lugar de Escocia con mayor porcentaje de hablantes gaélicos. Su situación les ha otorgado un carácter único que ha permitido a sus habitantes conservar un modo de vida propio.

La isla más grande, Long Isle, está rodeada por un sequito de pequeñas islas esparcidas por el océano de las cuales muchas están inhabitadas. Esta isla cuenta con una historia propia muy particular que le ha dado dos nombres propios a su super­ficie geológica: Harris y Lewis. Ambos nombres proceden del gaélico. Harris se refiere a “lo alto”, a la altura de las tierras del sur con sus acantilados y montañas. Lewis, en cambio, se vincula a “lo bajo”, a la escasa altura de las tierras del norte y a sus altiplanos. Una única isla formada por dos mundos, dos pasados, dos nombres, pero una misma lengua y una misma cultura.

La Long Isle estuvo dividida política y económicamente hasta los años sesenta del siglo XX. Fue entonces cuando el primer coche cruzó por carretera la frontera entre ambas regiones. Esta antigua división sigue presente entre la población local que diferencia claramente su isla de origen.

gaita
Las ovejas de peil negra de las que sale la lana para el Harris Tweed.

Dejando de lado sus peculiaridades históricas y naturales, esta isla contiene en sí misma una autenticidad cultural única. Stornoway es la capital y cuenta con un gran porcentaje de gaélico en sus calles. Su sede universitaria es bilingüe y su población habla, en gran medida, el gaélico como primera lengua. Tanto en Harris como en Lewis puedes escuchar el gaélico resonar por las calles de los pueblos y de las comunidades.

Interesarte por la lengua es interesarte por sus hablantes y por su mundo, y ellos te recompensan mostrándotelo TODO. Ellos te revelan los secretos de la isla y te explican su historia y su realidad. Te acompañan a través del tiempo para que comprendas su modo de vida, su ritmo peculiar. Son los que te muestran los procesos de producción tradicional de una lana única. Los que te reconfortan con una sonrisa después de un baño en las gélicas aguas turquesas del Atlántico. Ellos te cantan y bailaran contigo hasta el anochecer en un auténtico cèilidh. También te invitan a un whisky o a un té para calentarte en tardes de lluvia y se visten con un kilt para que veas de que va el asunto. Los hablantes de gaélico son los que luchan a contra reloj para detener el tiempo y preservar su mundo.

Si Escocia fuese una gaita, su música vendría de la naturaleza y de la lengua. Si Escocia fuese una gaita, los autén­ticos gaiteros serían las personas que consiguen hacer sonar el gaélico allá donde van. Si Escocia fuese una gaita, solo podría sonar de una forma, sonaría en gaélico.

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