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El arte de contar historias

por tresmilv
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«Yo escribo historias, leyendas. Después de todo, ¿para que sirve el lenguaje? No es solo para nombrar las cosas… Es el alma de la cultura, de la gente.»

Tolkien (película de 2019)


Las culturas se esculpen con las historias que cuentan. Los métodos han cambiado: de pinturas de cacerías en las paredes hasta tatuajes de linajes ancestrales en nuestras propias pieles, pero desde el origen de las lenguas, los relatos se han memorizado y se han transmitido oralmente tendiendo puentes entre generaciones.

El acto de contar relatos, desde historias genealógicas a acontecimientos públicos, lo comparten todas las sociedades y momentos históricos, como medio para entender, educar, mantener la cultura e inculcar valores. El ser humano tiene la capacidad físico-mental para memorizar y transmitir, por eso la narración oral es una característica intrínseca humana.

Con la narración oral y el contar historias la lengua cobra especial importancia. El lingüista Ferdinand de Sausurre dice en su Curso de lingüística general que «[…] reconocemos que la lengua sin habla no tiene existencia real en ninguna parte; sólo existe en el uso activo que de ella hace el que habla o en el uso activo del que comprende».  Es decir, que la importancia de la oralidad es un imperativo para la conservación de las lenguas. Pero si además de la oralidad a las lenguas se les añade la función casi implícita de contar historias, se obtiene un resultado evidente: la transmisión oral es la principal responsable de la vida y divulgación de las lenguas.

Un ejemplo de ello es la cultura caballeresca de la época medieval, que potenció los relatos bélicos y amorosos que iban por las cortes europeas de mano de los trovadores y juglares. Ambas figuras son consideradas como los primeros cronistas del medievo y participaron activamente en la difusión no solo de noticias, ideas y sentimientos, sino de las principales lenguas del momento a través del acto de contar.

Otro ejemplo más actual del acto de contar historias es el de los griots africanos que, según el periodista Xavier Aldekoa en su libro Indestructibles «son una suerte de juglares que conservan la historia a través de la tradición oral. A lo largo de los siglos, estos narradores pertenecientes a castas especializadas han usado cuentos, poemas y canciones para relatar gestas guerreras, recorrer genealogías que se pierden en la memoria de los tiempos o transmitir acontecimientos que conforman la identidad de los pueblos. Aún hoy, los mejores griots son una pieza indispensable en bodas, fiestas o celebraciones y se desplazan por los pueblos para recitar la historia del apellido de cada familia o recordar el origen de las tradiciones de la región«. Éstos no utilizan las lenguas coloniales impuestas en el occidente del continente, sino que eligen las lenguas de sus etnias para hacerse entender y transmitir sus historias a sus gentes.

Bob Holman con griots en Gambia (2016).

Nuestras historias nos definen y cuentan quiénes somos. Son nuestra memoria, el legado de nuestros antepasados. Por ello solo podemos utilizar una única herramienta para contar, una herramienta que nos defina tanto como las propias historias: nuestra lengua. Una lengua que hable directa desde el corazón, con las palabras exclusivas que cada lengua tiene para referirse al mundo.

Las historias nos definen humana y culturalmente hablando, igual que nuestras lenguas. Por tanto, historias y lenguas deben ir de la mano.

Así hicieron los bardos celtas, predecesores de los trovadores, con la lengua gaélica y los mitos de los dioses, o así hacen los aborígenes australianos con sus distintas lenguas originales y sus creencias sobre el origen del mundo. Cuentan, hablan, expresan y transmiten sus historias en sus lenguas.

Y es que contar historias es un arte que a veces solo puede practicarse a viva voz y con las lenguas propias, nuestras lenguas.

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