Inicio Con voz propia Joselito y los «setze jutges»

Joselito y los «setze jutges»

por tresmilv
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“Así que te vas a Barcelona… allí no entenderás nada, os hablarán ‘ba, bu, ba, bá’”. José, o Joselito, como todos lo llamaban en el pueblo, no entendía por qué el futuro suegro de su hermano le estaba diciendo esas cosas. No estaba muy seguro, pero parecía que se burlaba emitiendo esos sonidos guturales sin sentido… quizás era así como sonaba cualquier idioma que no fuera el español. O quizás quería meterle el miedo en el cuerpo por el viaje que iba a emprender, pero la verdad era que, a sus ocho años y medio, otras tribulaciones mucho más importantes ocupaban su cabeza.

Hacía cuatro meses su padre Antonio, alfarero de profesión, había ido a otro pueblo a cobrar un trabajo y no había vuelto cuando debía. María, su madre, había llorado y preguntado por todos lados si alguien lo había visto, sin resultado. Más de un día después llegó un telegrama de su padre informándoles de que estaba en Castellón camino de Barcelona; se había encontrado a un amigo que iba allí a probar suerte, a ver si encontraba trabajo y una vida mejor. Eso era lo que quería Antonio y, con los dineros que cobró, se fue con él.

No es que el pequeño José fuera infeliz; vivía libre en el campo donde su padre tenía el tejar, muy cerca de Algeciras y de La Línea de la Concepción. Era el segundo de cuatro hermanos, dos chicos y dos chicas, y lo único que tenía en la cabeza era jugar y correr al lado del río Guadacorte. Pero también era cierto que la vida no era precisamente fácil para los adultos… corría el año 1956 y, aunque la Guerra Civil iba quedando atrás, ellos pertenecían al bando perdedor, y eso aún se notaba. Aún hoy, que ya tiene dos nietos, sigue recordando cómo los escuálidos perros con los que convivían se comían los excrementos que ellos dejaban cuando iban a aliviarse entre las matas. En casa no tenían luz, sacaban el agua de un pozo y apenas contaban con dos mudas de ropa que ponerse. Cuando el padre les dijo que fueran todos para Barcelona tenían el dinero justo para pagar los cinco billetes de tren. No es de extrañar entonces que a Joselito no le importara lo más mínimo que allí hablaran raro. Bien al contrario, para él era una auténtica aventura adentrarse en un mundo nuevo, ir a un lugar donde iba a conocer a gente que le enseñaría a descifrar ese “ba, bu, ba, bá” que, lejos de darle miedo, le intrigaba.

Joselito iba a emprender el viaje más importante de su vida. No sospechaba aún que esa lengua que parecía extraña y lejana iba a ser parte fundamental de su futuro.

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Después del larguísimo e incómodo trayecto en ferrocarril, la familia Rodríguez-Sánchez no tuvo lo que se dice una cálida bienvenida. Cierto es que reunirse todos al fin fue motivo de alegría, pero la casa que Antonio dijo que tenía apañada en la población de Viladecans era en realidad un gallinero realquilado con solo tres paredes –la cuarta era un montón de sacos pintados con cal y envueltos en tela metálica–. En ese cubículo tenían que convivir el matrimonio y los cuatro hijos por ocho duros a la semana. Pero poco a poco todos se adaptaron a su nueva vida: a Antonio le dieron permiso para sustituir aquellos sacos por una pared de verdad, y muchos de sus vecinos y vecinas les echaban una mano cuando podían. Una de ellas les regalaba a los niños libros, libretas y bolígrafos cuando comenzaron a ir a la escuela. Joselito tenía ya 10 años y lo pusieron con los pequeños, pero se espabiló para ir avanzando y alcanzar el nivel de los de su edad en poco tiempo. No pudo hacer lo mismo con el catalán porque allí estaba mal visto hablarlo, y él seguía sin comprender qué tenía de malo aquel extraño idioma. Su hermano mayor, Francisco, ya lo chapurreaba porque empezó a salir con amigos que lo hablaban, entonces, ¿por qué él no podía aprenderlo? Le ayudó la Sisca, la propietaria de la tienda de ultramarinos donde siempre compraban, que le dijo que sabría catalán cuando pudiera decir “setze jutges d’un jutjat mengen fetge d’un penjat”, cosa que a él le pareció poco menos que imposible. Pero cada día, cuando él se acercaba a la tienda, esa señora le preguntaba por sus progresos, le enseñaba palabras nuevas y le corregía los errores. Y poco a poco, lo que era un “ba, bu, ba, bá” se fue transformando en un “bon dia”, en un “si us plau”, un “adéu” o un “voldria dues barres de pa”. Y eso, a José, lo hacía feliz.

Los años pasaron entre los castigos de su padre por sus travesuras, la responsabilidad de cuidar de sus hermanas pequeñas, Teresa y Ana, y los ratos de felicidad que le daban sus amigos y los camiones de cartón. Y pronto le llegó a él el turno de trabajar. Su carácter rebelde y su sentido de la injusticia le hicieron abandonar unas cuantas empresas y comercios (no en vano era hijo de un republicano de la CNT); hasta que llegó a Galler Ibérica, una fábrica textil que le dio finalmente estabilidad y la oportunidad de mejorar su catalán. Muchos compañeros y compañeras eran nacidos y crecidos en Cataluña y José les suplicaba que le hablasen en esa lengua que tanto le interesaba. “Si me equivoco, corregidme, ¡por favor!”. Y así, esa semilla plantada en la tienda de ultramarinos brotó, creció… y floreció gracias a Pilar.

El amor, los momentos con sus amigos, los platos que comían en casa, las risas de sus hijos… el catalán pasó a formar parte de esos momentos especiales.

La conoció entre hilos, puntillas y blondas cuando ella era una preciosa muchacha de 14 años que entró a trabajar en la fábrica. Al principio no le echaba cuentas, ese tal José era muy insistente, no le caía bien. Pero él no era de los que se rendían… se casaron cuando ella tenía 19 y él 28. Aunque entre ellos hablaban castellano –dichosa manía la de los catalanes de cambiar de idioma sistemáticamente cuando conocían a alguien–, la familia de Pilar era catalana, lo que hizo que José despegara definitivamente con el idioma. Con esa su nueva familia abundaron los “t’estimo”, los “em fas feliç”, las mesas con escalivada, calçots i sanfaina, el pesebre con el caganer.

Al poco tiempo, tan solo un año después de la boda, aquella semilla plantada explosionó en el primer fruto de su amor. Su hija Lydia vino al mundo y, sin haberlo ni siquiera pensado, le dijo: “hola, filla meva, sóc el papa”. Lo mismo ocurrió ocho años después con su segundo hijo, Albert, y se repitió al pasar tres décadas más, con sus nietos Enzo e Ibai. José ya intuyó desde siempre que el corazón habla su propio idioma.

Y con el corazón habla la hija de José, de Joselito, que escribe estas líneas. Y que en la lengua de su corazón le quiere decir:

Gràcies, papa, gràcies per estimar la meva llengua i, per tant, la meva essència. Amb aquell gest que vas fer fa ja tants anys, un gest que sembla petit, has aconseguit donar-me la lliçó més important de la meva vida. M’has ensenyat a estimar sense condicions, a ser agraïda, a defensar les meves arrels ­–les catalanes i les andaluses–, a lluitar pel que crec que és just, a ser tolerant. M’has ajudat a veure el món amb tots els seus colors. Sóc qui sóc gràcies a aquell nen que una vegada va voler dir que setze jutges d’un jutjat mengen fetge d’un penjat. T’estimo.

¿Quién dice que una lengua no sirve para nada?

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8 commentarios

Esther Rodríguez Lozano 3 de octubre de 2020 - 13:54

Que sepas que ya estoy llorando 😭😭,
T’estimo molt ❤️❤️

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tresmilv 3 de octubre de 2020 - 15:31

Igualmente… ¡y gracias! Siempre es una satisfacción llegar al corazón de quien te lee. ¡Un beso!

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Lidia 5 de octubre de 2020 - 18:56

Molt macu!!! Segueix així, petonets!!!!

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tresmilv 5 de octubre de 2020 - 19:20

Moltes gràcies! Petons

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Mònica Oró Pomar 19 de noviembre de 2020 - 08:49

Un veritable homenatge a la família, als teus orígens i a en Jose, el teu pare. Per naltros en Jose o en Josep. Molt emotiu per què trasllada les crues realitats d’una època de plors i repressions, d’un renéixer i un sacrifici continuat per llevar una família. Les generacions d’avui en dia haurien de valorar aquest sacrifici tant ple d’humilitat i en una família que sempre s’ha ajudat uns als altres. Moltes felicitats Lydia!! Ah! M’encanta veure el pati de casa meva a Barcelona…jejeje que petitona eres!!! Aquell dia eres el centre de la trobada!!💞😘 un petonàs!!

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tresmilv 19 de noviembre de 2020 - 18:11

Moltes gràcies, Mònica! Com passen els anys, eh?
Orgullosa de la meva familia i de les teves paraules. Petonets!

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Susana 25 de noviembre de 2021 - 19:26

Acabo de llegir el teu article ! Molt maco i tants catalans casats amb castellans que s’han integrat i ara se senten de la terra…
El meu marit malagueny no vol parlar ara el castellà jajaj

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tresmilv 25 de noviembre de 2021 - 20:51

Gràcies per llegir-lo! Aquesta és la història de tantes i tantes bones persones!

Què bé que t’hagi agradat, petons!

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