Era la primera vez que pasaba las fiesta fuera de casa, aunque eso era algo que no me había parado a pensar cuando el 12 de noviembre, con una maleta de 35 kg en cada mano, me monté en un avión rumbo a Bristol. Inglaterra no era un sueño, ni mucho menos era el lugar donde quería pasar los próximos años de mi vida. Mis deseos pisaban suelos transoceánicos. Fue la imposición del inglés en el mercado laboral mundial la que me hizo llegar a Reino Unido. Desenvolverme en el idioma y volver. Había mucho que hacer en España todavía, y eso de estar lejos de la familia y de mis amigas debía de tener fecha de caducidad. Volé con un calendario cerrado: el verano en casa . Las navidades ya eran otra cosa: comidas, regalos, luces, Papá Noel, Coca-Cola y desperdicio. Demasiado consumismo y desigualdad para una mujer que presumía de celebrar siempre el solsticio de invierno durante esos días. Esta no era mi fiesta.
O eso creía.
