-eonaviego–
No están muertas, lo que ocurre es que a veces se nos olvidan. Las enterramos vivas, aunque aún mantengan todo su sentido. Las arrancamos de raíz, y colocamos en su lugar aquellas que nos imponen, unas con las que no se desarrolló nuestra conciencia. Las sustituimos, como a ese jersey viejo que ya no ponemos porque está pasado de moda, pero que nos queda perfecto y nos abriga como ninguno. Las palabras no mueren solas, las asesinamos; son muchas las que ahora se nombran poco, y las que no se escriben nada. Esas que florecen en los pueblos, en las abuelas. Hay palabras imposibles de sustituir, que su significado es una visión única de un pueblo, y que no tiene sinónimo en ningún otro idioma del mundo. Hay otras que, aún existiendo un sinónimo, nos ayudan a colocar una acción, un sujeto o un sentimiento en algún lugar concreto del mundo. No están muertas, porque mientras existan en un solo hablante, seguirán estando vivas.
