Ya hace veintidós años que Carles murió, y no acaba de entender por qué le duele más ahora que cuando pasó. Quizás es porque, con más edad y más miradas atrás, se da cuenta de lo que significó en su vida aquel chico de mirada azul y voz clara, aquel que cantó para tantos, pero que a veces parecía que le hablaba al oído. Carles Sabater y Pep Sala, junto con Joan Capdevila, eran Sau, uno de los grupos adalides del rock catalán, un fenómeno que comenzó en los años 70, después de la dictadura, pero que explotó como una traca a principios de los 90. Fue entonces cuando toda una generación, la suya, que había dado sus primeros pasos durante la transición y había sido escolarizada en catalán, encontró por fin referentes musicales autóctonos, letras que hablaban de sus problemas y pasiones cotidianas. Ya no era la época de la canción protesta; era la hora del amor, las frustraciones, el alcohol, el sexo.
Para ella, una chica nacida y crecida en el área metropolitana de Barcelona, que hasta entonces habló castellano con todas sus amistades, Sau supuso la conexión con su ochenta por ciento. Lo piensa mientras está sentada en el mirador de Vilanova de Sau, donde ha venido cada viernes de este julio extraño, mirando desde arriba la tierra que fue el origen de su querido grupo. Todavía recuerda la primera canción a la que prestó atención. Era verano y estaba en el pueblo del Delta del Ebro donde su tía la llevaba cada año. Un pueblo de puertas abiertas y sillas en la calle, rodeado de almendros y de primeras veces, su rincón de libertad. Una madrugada de fiesta mayor, en la discoteca móvil donde los chicos y chicas –autóctonos y forasteros– destilaban las últimas horas de diversión, sonó És inútil continuar, un tema que habla del deseo sexual que justo entonces se estaba desarrollando en su persona.
Hores que passen com sempre, esperant-te una vegada més.
De la nit d’ahir em turmenta el teu cos blanc, jove i calent.
(…)
Sempre suplicant, sempre demanant, sempre maltractant-me,
cansat d’esperar-te, tu vols destrossar-me.
És inútil continuar, no sóc més que un joc per tu,
et segueixo allà on vas, sóc com un gos perdut.
A les nits que estic calent et necessito i no hi ets,
Un dia d’aquests et deixaré.
Horas que pasan como siempre, esperándote una vez más.
De la noche de ayer me atormenta tu cuerpo blanco, joven y caliente.
(…)
Siempre suplicando, siempre pidiendo, siempre maltratándome,
cansado de esperarte, tú quieres destrozarme.
Es inútil continuar, no soy más que un juego para ti,
te sigo allá donde vas, soy como un perro perdido.
En las noches que estoy caliente te necesito y no estás.
Un día de estos te dejaré.
No puede evitar coger su móvil y poner la canción en Spotify, para disfrutar de la voz de Carles en soledad. Vuelve a desear enredar los dedos en sus rizos… ¡estaba tan enamorada de el! Casi tanto como de Marc, el chico más guapo del pueblo. Vivía en su calle, era dos años mayor que ella e iba para bombero forestal, como su padre. Año tras año, cuando veía la silueta del pueblo aparecer entre las montañas, el corazón se le revolucionaba, porque durante dos meses –nueve semanas, sesenta y tres días– la miraría con sus ojos azules, le hablaría con sus labios gruesos, lo escucharía decirle «xiqueta», o quizás la dejaría acompañarlo a recoger «ameles». Con el tiempo lo acabó acompañando a otros lugares más íntimos. Pero eso ya queda muy lejos.
Avui podrem estar junts i perdre’ns al paradís.
Amb una estona al teu costat vull que ho siguis tot per mi.
Seré tot el que tu vulguis, tu pots desitjar-ho tot.
El món serà com tu vulguis, només podrem canviar-lo tu i jo.
Hoy podremos estar juntos y perdernos en el paraíso.
Con un momento a tu lado, quiero que lo seas todo para mí.
Seré todo lo que quieras, tú puedes desearlo todo.
El mundo será como quieras, solo podremos cambiarlo tú y yo.
Desde el mirador se ve el pantano de Sau y la punta de la iglesia de Sant Romà, el pueblo que inundaron para construirlo. Como un signo de resistencia del pasado. Carles era de la Barceloneta, pero conoció a Pep en Vic, y cuando comenzaron a tocar juntos montaron el estudio en una casa de piedra del valle. Se imagina al cantante yendo cada semana de la ciudad al pueblo, escapando de las multitudes, los motores de los coches y el trasiego de cada día para sumergirse en su música, como el pueblo del pantano dentro del agua. Le gusta pensar que quizás alguna vez Carles se había sentado en el mismo banco donde ella, ahora, contempla el mismo bello paisaje.
Ja començo a estar amargat, la paciència se m’està acabant,
la gent es torna boja, els nens no paren de plorar.
Els vells se senten oblidats en aquesta gran ciutat.
(…)
Recordo aquell campanar trist, emergint de l’aigua amb orgull,
on les gavines criden fent el seu niu en algun lloc perdut.
Aquí no faig res, me’n vull anar a casa meva, a Sau.
Ya empiezo a estar amargado, la paciencia se me está acabando,
La gente se vuelve loca, los niños no paran de llorar.
Los viejos se sienten olvidados en esta gran ciudad.
(…)
Recuerdo aquel campanar triste, emergiendo del agua con orgullo,
donde las gaviotas chillan haciendo su nido en algún lugar perdido.
Aquí no hago nada, quiero irme a mi casa, a Sau.
Pero no todo es malo en la gran ciudad. En Barcelona conoció a Xavi, Ariadna, Montse, Txell y Álex, sus amigos del alma, con quien comenzó a hablar, amar y salir de fiesta en catalán. Los seis coincidieron en la universidad Pompeu Fabra, estudiando Comunicación Audiovisual a los pies de La Rambla. Un pequeño universo de baldosas blancas y rosadas, salteado de «chaperos», ladronzuelos, locales underground y turistas embobados. Les entusiasmaba salir a grabar por la zona, ir a comer al Maremagnum y, las noches de fin de semana, remojar las risas con vino de garrafa en el Chistu o en La Ovella Negra –gran parte del cual después tenían que secar con bayetas roñosas–. Entre copa y copa, conversaciones más o menos profundas, sobre los trabajos de la uni, o los delirios ecologistas de Txell…
Si algú em pogués explicar, per què els rius estan contaminats,
per què el mar és un abocador, quantes espècies ja s’han carregat?
I al fill de puta que cremi aquests boscos, que li tallin les mans!
Potser així no els cremarà.
Obro els ulls, miro al meu voltant, i veig com tot això s’acaba.
Si algú em volgués explicar per què, ningú no ho vol intentar?
Que això es pot salvar.
Si alguien me pudiera explicar por qué los ríos están contaminados,
por qué el mar es un vertedero, ¿cuántas especies se han cargado ya?
Y al hijo de puta que queme estos bosques, ¡que le corten las manos!
Quizás así no los quemará.
Abro los ojos, miro a mi alrededor, y veo cómo todo esto se acaba.
Si alguien me quisiera explicar por qué, ¿nadie lo quiere intentar?
Que esto se puede salvar.
…o sobre por qué Xavi había decidido no hacer el servicio militar.
M’han quedat els ulls en blanc de soledat.
Sóc un covard, però avui tindré cor de soldat.
Oh, els matins que mai s’acaben, de nits pensaré en tu,
quan estigui lluny de casa, sense projectes, sense tu.
Canviaran la meva roba, el meu nom, el meu cabell.
Em donaran una arma blanca, roba verda i un fusell.
No em pegui, no he nascut per militar.
Se me han quedado los ojos en blanco de soledad.
Soy un cobarde, pero hoy tendré corazón de soldado.
Oh, las mañanas que nunca se acaban, de noche pensaré en ti,
cuando esté lejos de casa, sin proyectos, sin ti.
Cambiarán mi ropa, mi nombre, mi pelo.
Me darán un arma blanca, ropa verde y un fusil.
No me pegue, no he nacido para militar.
Antimilitarismo, activismo ecológico, independentismo… todo era incipiente, y mucho más inocente que ahora.
Saps, política estimada? Més val que t’ho muntis bé.
El teu paper és tan miserable que t’amagues en el temps.
No em facis seguir-te el joc, que no vull prendre partit,
els discursos sempre m’han avorrit.
Jo no crec en el poder, jo no crec en l’orgull, jo no vull parlar per ningú.
Vull quatre barres! Encara que siguin de bar.
¿Sabes, querida política? Más te vale que te lo montes bien.
Tu papel es tan miserable que te escondes en el tiempo.
No me hagas seguirte el juego, que no quiero tomar partido.
Los discursos siempre me han aburrido.
Yo no creo en el poder, yo no creo en el orgullo, yo no quiero hablar por nadie.
¡Quiero cuatro barras! Aunque sean de bar.
También hubo viajes, muchos: Cuba, Sicilia, Noruega, Nueva York, Turquía, Marruecos… Casi nunca estaban los seis, pero ella siempre los llevaba en su maleta. Todavía conserva los diarios que escribían a cuatro o a seis manos, relatando las aventuras que les sucedían en el camino. Y se pregunta por qué las de casa no quedaban plasmadas en papel. Porque también las hubo… Como la vez que fueron a Llafranc, para que la Costa Brava y la amistad curaran a Ariadna. Ella y su chica se peleaban mucho, pero la última vez había sido demoledora. ¿Por qué ya no la quería? ¿Por qué había preferido probar otros cuerpos? Ari era muy de mar, y estar en el pueblo que vio tantos veranos de su infancia hizo que, por fin, sonriera.
Si no vas molt de pressa pels voltants del meu carrer,
veuràs les cases blanques i un bar que està sempre obert.
Bicicletes que van amunt i avall, que travessen tot el parc,
una església molt a prop del mar i carrers amb nom de sant.
(…)
Si vas a prop del mar, si veus a la meva gent,
si vas a prop del mar, digue’ls-hi que penso en ells.
Si no vas muy deprisa por los alrededores de mi calle,
verás las casas blancas y un bar que está siempre abierto.
Bicicletas que van arriba y abajo, que atraviesan todo el parque,
una iglesia muy cerca del mar y calles con nombre de santo.
(…)
Si vas cerca del mar, si ves a mi gente,
si vas cerca del mar, diles que pienso en ellos.
Ella sabe muy bien quién es su gente, y está segura de que la vida hubiera sido mucho más oscura las últimas décadas si no hubiera tenido esa locomotora para iluminar las vías. ¿Hubiese tenido la fuerza, por ejemplo, para acabar la tormentosa relación que tuvo con Víctor? Se conocieron en una discoteca, en un lugar al que él no iba casi nunca y una noche en que ella no tenía ganas de salir. Siete años y medio después consiguió decir las necesarias ocho palabras: «es mejor que no nos veamos nunca más». Sabía que Víctor la quería, que era la persona con la que más pasiones compartía, pero también que la mujer de su vida era otra. Mientras el sol se pone en el valle, añora lo que él le hacía sentir y se pregunta si alguna vez volverá a estar así de loca por alguien. Reconforta, no obstante, saber que sus compañeros de vagón nunca la han juzgado, y que continuarán traqueteando con ella en su tren de medianoche.
Sovint em sento atrapat pel meu propi malson
i tinc ganes de cridar, cada dia en algun lloc surt el tren de mitjanit.
Hi ha poetes que s’han perdut pintant graffitis a les seves parets.
Molta gent que es troba sola, cada dia, en algun lloc, puja al tren de mitjanit.
(…)
Si ets llunàtic i estàs espantat,
si vius als núvols i estàs deprimit,
si la boira ja t’ha acompanyat,
cada dia, en algun lloc, pots pujar al tren de mitjanit.
A menudo me siento atrapado en mi propia pesadilla
y tengo ganas de gritar, cada día en algún lugar sale el tren de medianoche.
Hay poetas que se han perdido pintando graffitis en sus paredes.
Mucha gente que se siente sola, cada día, en algún lugar, sube al tren de medianoche.
(…)
Si eres lunático y estás asustado,
si vives en las nubes y estás deprimido,
si la niebla ya te ha acompañado,
cada día, en algún lugar, puedes subir al tren de medianoche.
Una de las últimas parada de este tren fue la boda de Álex y Montse que por fin, después de tantos años, se dieron cuenta de que eso que tenían era amor en mayúsculas –cosa que era evidente para el resto–. La ceremonia se celebró hace un mes, en una masía del Priorat, y todo fue como un dulce sueño. Justo antes del sí, el novio sacó su guitarra, aquella con la que les alegró la vida tantas y tantas veces, y dedicó a su amada la canción Gloria, de Sau.
Tu que m’has vist caure a terra, tu que sempre m’has trobat
en les nits de lluna plena, dormint en el teu sofà.
Tu m’ajudes sense pressa, si cal deixes el que tens,
m’obres sempre casa teva perquè no em quedi al carrer.
Ens fem vells però no hi ha pressa, entre copes em vas dir
col·locats, quasi com sempre, sense un duro, però amb estil:
“No desitjo una altra cosa, el meu món, els meus amics,
i la vida no em fa nosa mentre tingui un ros als dits”.
Tú que me has visto caer al suelo, tú que siempre me has encontrado
en las noches de luna llena, durmiendo en tu sofá.
Tú me ayudas sin prisa, si hace falta dejas lo que tienes,
me abres siempre tu casa para que no me quede en la calle.
Nos hacemos viejos, pero no hay prisa, entre copas me dijiste,
colocados, casi como siempre, sin un duro, pero con estilo.
«No deseo otra cosa, mi mundo, mis amigos,
y la vida no me molesta mientras tenga un rubio entre los dedos».
Cree que todos sintieron un poco de envidia de Montse y Álex y, a la vez, una alegría inmensa por ellos… ¡se lo merecían tanto! Cuando el sol casi salía, los seis volvieron a cantar una de su grupo preferido, con ansias de volver a tener veinte años, queriendo retener ese momento para siempre.
Ni un adéu volíem dir-nos sense creure
que mai més ens tornaríem a trobar,
ni que el vent d’altres terres ens podria separar.
Però tancant els ulls…
El món girava al nostre voltant
i ja en teníem prou, ens era igual, no volíem fer-nos grans.
Érem amics, jo i els meus amics (…) ens hem fet grans.
Ni un adiós queríamos decirnos sin creer
que nunca más nos volveríamos a encontrar,
ni que el viento de otras tierras nos podría separar.
Pero cerrando los ojos…
El mundo giraba a nuestro alrededor
y ya teníamos suficiente, nos daba igual, no queríamos hacernos mayores.
Éramos amigos, yo y mis amigos (…) no hemos hecho mayores.
Mira el reloj. Las ocho, es hora de volver. No le apetece encerrarse en la habitación del hostal que ha reservado para esta noche, así que recorre las calles de Vilanova de Sau buscando un sitio para cenar. Encuentra un pequeño y acogedor restaurante familiar, situado en una calle estrecha del centro. A pesar de ser julio, está tranquilo, y se sienta en la barra. Tarda un minuto en darse cuenta de que es la voz de Carles Sabater la que suena en el hilo musical… No se lo puede creer. Escucha los inconfundibles primeros acordes del Boig per tu, el tema que catapultó a Sau a la fama, la canción que se convirtió en el himno romántico de toda una generación y que ha sido cantada por mil y un artistas. Pero ninguna versión puede igualar su voz, ni una puede llegar al corazón como la original. Casi sin darse cuenta, comienza a cantarla en voz alta.
A la terra humida escric: nena, estic boig per tu.
Em passo els dies esperant la nit.
Com et puc estimar si de mi estàs tan lluny?
Servil i acabat, boig per tu.
Sé molt bé que des d’aquest bar jo no puc arribar on ets tu,
però dins la meva copa veig reflexada la teva llum.
Me la beuré.
Servil i acabat, boig per tu.
En la tierra húmeda escribo: nena, estoy loco por ti.
Me paso los días esperando la noche.
¿Cómo te puedo amar si de mi estás tan lejos?
Servil y acabado, loco por ti.
Sé muy bien que desde este bar no puedo llegar donde estás tú,
pero dentro de mi copa veo reflejada tu luz.
Me la beberé.
Servil y acabado, loco por ti.
–¿Sabes que esta canción, en realidad, está dedicada a la luna?–. Es el camarero, que la sobresalta cuando le sirve la copa de vino… ni era consciente de haberla pedido.
–Esa es una interpretación– contesta ella –pero también encaja perfectamente con una declaración de amor a una mujer.
–Un amor cobarde, por cierto. Si tanto la quiere, ¿por qué se queda en el bar y no va a buscarla?
–Quizá es que ella ya le ha dicho antes que no.
–Aun así…– Él sonríe, y ella se fija en sus ojos profundos. No son azules como lo de Carles, pero esos rizos…
Mientras ella come, hablan, y solo lo dejan en los momentos en que él tiene que atender algún pedido o cobrar a algún cliente. Le explica con pasión que Sau es el grupo que le ha marcado la vida, y que todavía recuerda las veces en que el cantante venía al restaurante y hablaba con su padre, mientras él ayudaba a recoger las mesas.
–¿Lo conociste? ¡Qué envidia! Debes tener muchas historias que explicar…
–Si las quieres escuchar, vuelve, por favor. Estaré deseando hablar contigo de nuevo.
–Vale, pero tendré que saber al menos cómo te llamas…
–Carles, me llamo Carles– contesta con otra sonrisa.
Ella también ríe. Cree que, al fin y al cabo, sí que puede volver a estar loca por alguien. Quizás ha encontrado el mejor motivo para volver a Sau.

